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lunes, 2 de diciembre de 2019

LA LIBERACIÓN PARA LOS ESCLAVOS POLACOS DEL TERCER REICH. EL VIAJE, de Ida Fink

LA LIBERACIÓN PARA LOS ESCLAVOS POLACOS DEL TERCER REICH. EL VIAJE, de Ida Fink 


    "El ejército llegó de noche, una cocina castrense humeaba en el patio delante de la herrería, aparcaban coches camuflados bajo los castaños. Dos militares han sacado a Serguei de la jardinería y lo han enviado fuera del pueblo: vi cómo lo llevaban, con el rostro blanco, sin gota de sangre. Al parecer, había dicho algo. Nadie volvió a verlo. Unos días después el ejército abandonó el pueblo. 

—Nosotros somos gente sencilla, honrada —repetía Hermina—, no hemos hecho daño a nadie, no tenemos miedo… No se vengarán de inocentes. Sie werden uns doch nicht verhungern lassen …
 Alguna que otra vez ha ordeñado sola las vacas.
    Cayeron algunas bombas sobre el camino, los campos, una piedra arrebatada por la fuerza de la explosión atravesó el tejado de la casa del panadero, arrancó tejas aquí y allá. Eso fue todo.
    Esa noche, que resultaría ser la última, Bárbara se quedó conmigo. El frente se situaba a pocos kilómetros, los franceses ya estaban en Waldbach.
    Acalló el tiroteo al alba, cesaron las explosiones, reinó el silencio. Salimos del sótano y nos dirigimos a la parte delantera de la casa. El amanecer era gris, olía a tierra fresca. Llegaba desde el bosque un leve murmullo. Un enorme avión surgió entre los árboles y voló por el cielo pálido con vuelo raso, lento y silencioso. Dibujó un círculo sobre los prados, desapareció tras el bosque y volvió a rondarnos.
—Ya está… —le dije a Bárbara y con la garganta atenazada seguí ese vuelo quedo, silencioso.
    Hasta la llegada de los dos coches blindados ya mencionados pasarían aún unas horas. Vendrían a las diez de la mañana.
    Es el primer domingo de abril, un día precioso, soleado. Los coches blindados bajan lentamente desde el pueblo de arriba hasta el de abajo; cuelga del tejado de Gottfried una sábana blanca; espero inmóvil. En ese momento pasan dos coches sobre el vacío camino comarcal. No siento nada, sólo mi garganta se halla atenazada, duele.
    Sólo cuando los coches pasen a mi lado, sólo entonces estallará mi alegría. Pero todavía tengo miedo a gritar la verdad. Exclamaré «Vive la France, nous somme polonais» y los coches blindados, sin detenerse, seguirán, desaparecerán tras la curva del camino que se introduce en el bosque.
    No aparecería nadie más hasta la noche. Ha desaparecido la sábana del tejado de Gottfried, el pueblo se mostraba igual, pudiera pensarse que nada había cambiado.
    Estaba ya oscuro cuando  arribó un tanque y se detuvo bajo los tilos para pasar la noche.
    Al avistarlo desde la ventana de su cuarto, Bárbara arrancó una rama de jazmín en flor y se la llevó a los soldados franceses. Nos fuimos al día siguiente, por la mañana muy temprano.
    Hermina miraba estupefacta la caja de margarina atada con la cuerda de amarrar el trigo: en ella se hallaban todas mis pertenencias. Bajo el brazo, apretaba el bolso con mi ausweis y la media herradura. «¿Cómo… te vas? ¿Precisamente ahora cuando hay tanto trabajo en el campo?» No comprendía. ¿Estaba mal con ellos? Creía que me quedaría hasta la cosecha… El panadero permaneció callado, lleno de rabia.
    Bárbara esperaba debajo de los tilos, ella también con una enorme caja bajo el brazo. Salimos a la carretera principal que nos conducía hacia la ciudad, recorrida ya por multitudes de extranjeros y exclamaciones de gozo y cantos en diversas lenguas."

viernes, 29 de noviembre de 2019

EL SAQUEO DEL ESTADO. EL ESTABLISHMENT, de Owen Jones

EL SAQUEO DEL ESTADO. EL ESTABLISHMENT, de Owen Jones

    "La venta a precio de saldo de los recursos públicos no busca mejorar los servicios, ni tampoco obtener una mayor eficiencia ni una mejor relación calidad-precio. Se ha convertido en un simple dogma del Establishment, y se considera un fin en sí mismo, provisto de una lógica propia. Cuando son las empresas privadas las que gestionan los servicios, y no los gobiernos electos, se pierde compromiso democrático y las condiciones de trabajo de los empleados se vienen invariablemente abajo. Tal como concluyó un estudio realizado en toda Europa, «la liberalización y la privatización de los servicios públicos tienen unos efectos mayoritariamente negativos en el empleo y en las condiciones de trabajo». Los contratistas obsesionados con los beneficios lo han recortado todo hasta el mismo hueso. Sin embargo, la venta de recursos públicos es un negocio provechoso, cuando menos, donde se ofrecen miles de millones de libras de dinero público para quien los quiera. Se trata de una forma de estatalismo, donde el Estado llena las cuentas bancadas de los accionistas privados. Y así queda expuesta la naturaleza del capitalismo moderno: un chanchullo financiado públicamente, donde los verdaderos «gorrones» no están en el escalafón más bajo de la sociedad, sino en lo más alto. Y los grandes saldos de recursos públicos han llegado incluso a una institución que antaño el conservador ministro de Economía Nigel Lawson definió como «lo más parecido que tenemos los ingleses a una religión»: el NHS, el sistema de sanidad pública."

jueves, 28 de noviembre de 2019

LA LIBERACIÓN. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon

LA LIBERACIÓN. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon

Resultado de imagen de FANIA FENELON, Tregua para la orquesta, Auschwitz,    "Lo que sucede: los soldados detienen a los SS, los alinean contra los muros. Ese momento que tanto habíamos deseado, cuyo pensamiento nos colmaba de alegría, ha llegado, lo vivimos.

    Los deportados salen de todos los barracones. Los hombres, de los que habíamos estado separadas tanto tiempo, vienen hacia nosotras y se busca a los que se conoce: un padre, un hermano, un tío, un primo, un marido, se le busca…

    Me encuentro en un edificio limpio, el de los SS Me rodea una muchedumbre caqui. ¡Dios mío, qué bien huelen! ¡Qué perfume tan suave tiene el sudor de estos hombres!

    Es la infantería que nos ha liberado y empiezan a llegar los elementos motorizados. Por la ventana veo entrar en nuestro campo el primer jeep. Un oficial holandés, salta del coche aún en marcha; mira ante él, a su alrededor… y echa a correr como un loco con los brazos abiertos gritando: «¡Margrett! ¡Margrett!» y hasta él llega una mujer tambaleándose. Los jirones de su traje rayado flotan como trapos clavados a un asta: es su mujer. Murió tres cuartos de hora después, en un estado de degradación y suciedad inenarrables. Ahora la abraza, estrecha contra él aquel resto de vida que le sonríe.

    Me tienden un micro…

    Se produjo el milagro: cuando sólo el respirar me consumía y mi corazón economizaba sus latidos y la vida me abandonaba, me incorporo; un estallido de júbilo me enardece y vuelvo a cantar La Marsellesa. Esta vez surge de mí con una violencia, una fuerza, como no había poseído nunca y que, sin duda, jamás volvería a tener.

    Con una voz dulce que no le conocía, Florette balbucea:

—Fania, has cantado de una manera que… Esta Marsellesa era… —Y temblaba, temblaba de los pies a la cabeza—. ¡Jamás la olvidaré! ¡Ah… además, me has hecho llorar… déjame que te abrace!

    Emocionado, un oficial belga hunde la mano en el bolsillo de su uniforme y me ofrece… un pintalabios. ¡Qué regalo tan maravilloso! No logro imaginarme nada más bello que este viejo lápiz de labios usado en sus tres cuartas partes que procede no sé de dónde ni de quién. Tal vez de su mujer, su novia, una prostituta…


    El que lleva el micro insiste:

—Si me hace el favor, señorita, es para la BBC.

    «Señorita», «la BBC», la vida vuelve a empezar.

    Canto el God save the King y las lágrimas brotan de los ojos de estos militares, se deslizan por sus caras sudorosas, trazan regueros en sus mejillas sucias por la guerra.

    Canto L’Internationale y los deportados rusos la corean.

    Canto… y delante de mí, a mi alrededor, surgiendo de todos los ámbitos del campo, caminan, sosteniéndose en las paredes de los barracones, sombras moribundas, esqueletos que se mueven, se levantan, crecen, se agrandan. De su pecho brota un enorme «Hurra» que confluye, arrastra y se lo lleva todo. Han vuelto a ser hombres y mujeres.

    Meses después supe que aquel día y a esa hora, en Londres, mi prima se desmayó ante su aparato de radio al oírme cantar, a la vez que se enteraba de que yo había sido deportada y acababan de liberarme."

miércoles, 27 de noviembre de 2019

LOS CONCIERTOS EN CÁRCELES DE JOHNNY CASH. MAN IN BLACK, de Johnny Cash

LOS CONCIERTOS EN CÁRCELES DE JOHNNY CASH. MAN IN BLACK, de Johnny Cash

Resultado de imagen de folsom prison johnny cash    "Hice mi primer concierto en una prisión a finales de los años 50. Fue en Huntsville, la Prisión Estatal de Texas, en 1957. En años posteriores Carl y yo actuaríamos en muchas presiones, junto a los Statler Brothers y la Carter Family. Siempre sentí que era una manera de devolverle al pueblo americano algo de lo mucho que nos había dado.

    Además, al hacer un concierto en una prisión, les estábamos haciendo saber a los reclusos que más allá de los muros de la cárcel, ahí fuera, en el mundo libre, aún había alguien que se preocupaba por ellos, como seres humanos. Con la idea de conseguir una tierra y unas calles con menos crímenes como principal objetivo, quizás -pensábamos-, cuando aquellos hombres saliesen en libertad condicional y se incorporasen a la corriente principal de la sociedad, habría menos hostilidad entre ambas partes si se les hacía saber que alguien se había estado preocupando por ellos.

Resultado de imagen de folsom prison johnny cash    Hicimos entre 35 y 40 conciertos en prisiones y una breve carta que recibí de un preso de la Penitenciaría del Estado de Nevada me hizo comprender que verdaderamente merecía la pena todo el tiempo, el coste y las innumerables dificultades de hasta la última de aquellas actuaciones. Aquel día en Nevada me dirigí a los recursos para decirles: 'Por si no sabéis porque estamos aquí quiero dejaros claro que estamos aquí por varias razones. En primer lugar porque vosotros nos habéis pedido que viniesemos. En segundo lugar porque nos encanta escuchar los aplausos que recibimos en las prisiones. Y, por último, estoy aquí porque me considero cristiano'.
    La carta del preso decía: 'Estimado Johnny, ahora se a que se refería Jesús cuando dijo que había sido enviado a los cautivos, porque hoy le he visto en ti'.

    Los aplausos y la apasionada respuesta de los recursos eran la única manera en que se les permitía desahogarse. Pegaban patadas en el suelo, golpeaban las mesas, chillaban, silbaban, aplaudían y hacían todo el ruido que podían, porque estaba dentro de los límites de lo 'permitido'. Siempre pensé que sería emocionante poder grabar toda aquella excitación en un disco."
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martes, 26 de noviembre de 2019

EL FIN DE LA ESPERANZA, de Juan Hermanos

EL FIN DE LA ESPERANZA, de Juan Hermanos 


Resultado de imagen de españa 1940"Frente a las bayonetas, ¿qué puede hacer la inteligencia? No somos dioses, ni genios, sino simplemente muchachos y muchachas plenos de actividad y de entusiasmo. Creíamos en la libertad y en el poder de la palabra para contribuir al advenimiento de un mundo mejor. Muchos de los nuestros han muerto ya en los calabozos, por una Gestapo cualquiera, después de atroces sufrimientos. Se les torturó para hacerles confesar. ¿Qué? No teníamos armas. Nos lanzamos adelante con palabras y con la pluma. Ahora pienso en Elvira. Sé que la suerte de Marisa y de Gloria fue peor. Marisa, que era fea, fue violada lo mismo que Gloria, que era guapa. Y luego las fusilaron con toda su vergüenza, sin volver a ver el día, sin divisar la aurora, en el curso mismo de aquella noche sin sábanas, de aquella noche de duras mantas raídas y rugosas que manchan y no abrigan. Aquella noche que debió de cubrir de placas rojas el cuerpo delicioso y blanco de Gloria. No pienso en ambas en este momento, pienso en Elvira. Cuando ya estaba hondamente asqueada de todo, se casó con un rechoncho, calvo, muy rico, que poseía fábricas y que, sin exponerse, había hecho mucho en pro de la victoria de los partidos de derecha, porque ello le parecía más seguro y sin peligro para después. Dio un poco de dinero para sus obreros y lo divulgó por todas partes. Elvira era hermosa. En la Facultad de Derecho había hecho los cursos brillantemente. Se especializó en economía política. Hablaba siempre de grandes proyectos, de grandes reformas. Ahora, silenciosa, frente a una sociedad muda, vive en Tarrasa o tal vez en Sabadell. Su marido se ha casado con ella por su educación y porque es una mujer admirable para la cama. Yo me pregunto cómo pueden acostarse juntos. Se sobreentiende que ella lo desprecia, pero se desprecia también a sí misma, y esto es atroz. Un día los vi en un viaje que hicieron a Madrid. Él desconfía de los antiguos amigos de su mujer. Cuando ella se detuvo para hablarme, brillaron su ojos. Estaba contenta de verme. Yo también sentí alegría. Él, el señor, el amo, no se dignó mirarme; entonces, no sabiendo qué decirnos, nos separamos. En aquel momento ella tenía tantas ganas de llorar que me pareció vieja y fea. Estaba seguro que no volvería a ver a Elvira, o en todo caso yo cambiaría de acera o ella fingiría mirar hacia otra parte."

lunes, 25 de noviembre de 2019

LA CORRUPCIÓN FRANQUISTA. EL FIN DE LA ESPERANZA, de Juan Hermanos

LA CORRUPCIÓN FRANQUISTA. EL FIN DE LA ESPERANZA, de Juan Hermanos 

    "...Bajo esta aparente tranquilidad se ejercía silenciosa opresión: la prensa amordazada, las noticias deformadas sistemáticamente; discursos que afirmaban que todos éramos felices y estábamos contentos. Quisiera saber el porqué de estos discursos. ¿Se imaginaban que a fuerza de repetirnos que estábamos de acuerdo con nuestros opresores terminaríamos por pensarlo? La formación de ciertas fortunas era una de las cosas más extraordinarias. Si uno inspiraba confianza, el gobierno lo enriquecía de una manera fabulosa. Para ello bastaba solicitar una autorización para importar artículos que faltaban en España. Dichas autorizaciones no eran concedidas más que a gentes seguras, a condición de repartir los beneficios con las autoridades competentes. Todo el mundo sabía que el asunto era oficial. La condición sine qua non era trabajar en favor del régimen. El resto era una simple cuestión de precio. Las tarifas de la corrupción eran oficiales, todo el mundo las conocía, aunque no se publicaran por decoro.
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    Todo se vendía, desde un simple pasaporte hasta las patentes. Con este fin se crearon agencias, que publicaban anuncios en los periódicos. Mediante una suma elevada, estas agencias «privadas» proporcionaban los papeles que uno necesitaba en cuarenta y ocho horas. Este estado de cosas era aceptado por todos. La injusticia se había convertido en ley. No estando seguros del mañana para confiar en un aumento honesto de beneficios, los que podían reunir dinero lo hacían. No se respetaba a las gentes sino en función de su cuenta en el banco. Los intelectuales, los profesores, los médicos de los hospitales, reducidos a un tren de vida particularmente modesto, excepto si eran «patriotas», se convertían en el hazmerreír del público. La literatura, que había alcanzado durante la República un esplendor extraordinario, estaba prácticamente muerta. No se escribía. No se leía."

viernes, 22 de noviembre de 2019

ESTIMA SOCIAL. ORDESA, de Manuel Vilas

ESTIMA SOCIAL. ORDESA, de Manuel Vilas

    "Nadie sabe si se puede vivir si no es socialmente. La estimación de los demás acaba siendo la única cédula de tu existencia. La estimación es una moral, conforma los valores y el juicio que existe sobre ti, y de ese juicio se desprende tu posición en el mundo. Es una lucha entre el cuerpo, tu cuerpo, donde reside la vida, y el valor de tu cuerpo para los demás. Si la gente te codicia, si codicia tu presencia, te irá bien."

jueves, 21 de noviembre de 2019

LA ORQUESTA FEMENINA DE AUSCHWITZ. TREGUA PARA LA ORQUESTA de Fania Fenelon

LA ORQUESTA FEMENINA DE AUSCHWITZ. TREGUA PARA LA ORQUESTA  de Fania Fenelon

    'En el cruce de los campos A y B se alza nuestro estrado con sus cuatro escalones y las sillas alineadas ¿por qué no un kiosco de música? Ocupamos nuestros puestos. Alma mira la extensión, se vuelve a las músicas, levanta la batuta y mientras las oficiales, las kapos, vociferan sus Achtung! cuyo eco repercute a través de las callejas de los campos, estalla una marcha marcial arrebatadora, casi alegre.

    Eins, zwei, la batuta de Alma lleva el compás; Eins, zwei… drei… vier… ordenan las kapos y comienza el desfile. Acuden de todos los caminos y callejones y pasan delante de nosotras. Ahora me atrevo a mirarlas. Me esfuerzo, debo acordarme de todo pues más tarde atestiguaré.

    Esta resolución toma consistencia y me sostendrá hasta el final.

    Macilentas, andrajosas, chapoteando en el fango y la nieve, luchando para no tropezar, a veces se sostienen una contra otra, se les permite ese derecho, la cohorte de las deportadas avanza hacia la salida. Una mirada de odio o de desprecio me atraviesa como una herida. Un insulto me llega como un escupitajo: «¡Enchufadas, guarras, judas!». Sufro por todas esas infelices, por cada una, en conjunto y por separado. Otras, alzan los hombros huesudos que emergen de los andrajos, algunos, rayados. ¡Cuánto dolor se oculta en las mujeres que ni siquiera levantan la cabeza, que pasan amorfas, desprendidas del odio y del amor, en el umbral de la muerte! Pero quizá las que me sonríen son las que más daño me causan; su comprensión me acongoja como una complicidad que no merezco.

    Únicamente en este instante empiezo a darme cuenta del lugar donde me encuentro, de su locura. En el barracón de la cuarentena, anulada por la ducha, el tatuaje, el afeitado, hambrienta, atónita, golpeada, no tenía conciencia de lo que pasaba. Aquí, en este paisaje geométrico de barracones chatos, aplastados sobre el suelo, dominados por las alambradas, las torres de control, sin un solo árbol en el horizonte, bajo este techo de humo estancado, me doy cuenta del campo de exterminio de Birkenau y de su espantosa payasada: la de esta orquesta dirigida por esta mujer elegante, esas jóvenes cómodamente vestidas, sentadas en sillas, tocando para marcar el compás de los pasos de esos esqueletos, de sombras que nos muestran unos rostros que ya no existen.

    En aquella madrugada siniestra, como una mañana de patíbulo, las Arbeitskommandos parten hacia el trabajo regenerador, la alegría por el trabajo. ¿Qué alegría? ¿Qué trabajo? Ni siquiera consigo representármelo. Van, ni más ni menos, que a apresurar su muerte. Esas mujeres que apenas pueden arrastrarse, todavía tienen que imprimir a sus pasos un aire militar, y me percato, espantada, de que sólo estamos allí para acentuar su martirio.

    Un, dos, un, dos, la batuta de Alma acompasa ese desfile que no termina nunca. Un SS marca el compás con la punta de la bota, mientras que la última mujer, seguida del último soldado y del último perro, cruza la puerta del campo."

miércoles, 20 de noviembre de 2019

EL CAMBIO CLIMÁTICO. ENTRE LIMONES, de Chris Stewart

EL CAMBIO CLIMATICO. ENTRE LIMONES, de Chris Stewart

Chris Stewart cruza el puente separa su valle del camino a la civilización. En 27 años ha construido ocho. Los levantaba en dos días. "Las crecidas del río son feroces". Este es el que más le está durado.    "A mí me había parecido bastante atractiva la idea de vivir cerca de una fuerza de la naturaleza realmente peligrosa, pero esta fuerza se había convertido en algo tan salvaje como puede ser un estanque de patos en el parque de una ciudad. Parecía como si el río estuviera en vías de extinción. Cuando les hablaba de esto a Domingo o a sus padres, sacudían la cabeza y me miraban consternados. No obstante, cuando llegó septiembre y aún no había habido ninguna señal de las tormentas que vienen a poner fin al calor del verano, la gente empezó a preocuparse. 

    Para colmo de desgracias, imponentes masas de nubes de cabeza de yunque se acumulaban alrededor de las montañas, y otras nubes negras ascendían por el valle amenazadoras, pero no caía ni una gota de lluvia. A medida que se hacía de noche, las estrellas iban apareciendo por los agujeros que se abrían en la capa de nubes, y para la medianoche el cielo estaba despejado una vez más. Tal vez esto fuera realmente un cambio radical del tiempo.

    Algunos extranjeros decidieron que éste era el caso y empezaron a hablar de abandonar sus casas andaluzas. Los salvadores de Barkis, George y Alison, que viven en la parte alta de la Contraviesa, estaban pensando en trasladarse al norte, a la lluviosa Galicia. Habían construido un jardín de agua con un estanque y una cascada al lado de su casa, pero el manantial que abastecía de agua a su arroyuelo se había secado el año anterior, y ahora apenas quedaba agua suficiente para los conejos. 

    Irnos de allí no era precisamente una opción para nosotros, dado que ya habíamos quemado nuestras naves comprando un cortijo que muy posiblemente nadie más querría comprar, aunque al menos era un consuelo no tener que preocuparnos por tomar esa decisión. Al igual que Domingo, nosotros nos quedaríamos hiciera el tiempo que hiciese, y saber que esto era así sirvió para reforzar los vínculos que había entre nosotros."

lunes, 18 de noviembre de 2019

LAS DELACIONES DE ELIA KAZAN. TIEMPO DE CANALLAS,de Lillian Hellman

LAS DELACIONES DE ELIA KAZAN. TIEMPO DE CANALLAS,de Lillian Hellman 

Resultado de imagen de TIEMPO DE CANALLAS,de Lillian Hellman    "....Algunas semanas después de mi cena con Odets, Elia Kazan, a quien todo el mundo llamaba Gadge, me informó que Spyros Skouras le había dicho que, a menos que se presentara ante el Comité como «testigo bien dispuesto», no volvería a hacer otra película en Hollywood. Antes de decirme algo tan sencillo, pasamos una media hora extraña en el bar del hotel Plaza. Me era imposible comprender lo que estaba tratando de decirme, entre tartamudeos e indirectas. Gadge no es un tipo ambiguo; con la excusa de que yo necesitaba hacer una llamada, telefoneé a Kermit Bloomgarden, productor teatral de mis obras y de La muerte de un viajante, dirigida por Kazan. (Kermit y Gadge se conocían desde jóvenes, pero yo nunca había conocido bien a Kazan). Le dije a Kermit por el teléfono que no entendía por qué Kazan me había invitado a unos tragos con él, y que si tenía alguna idea de qué estaba tratando de decirme.

    —Te está diciendo que ha decidido colaborar con el Comité. Lo sé porque me lo confesó esta mañana.

    Cuando regresé de hacer mi llamada, hablamos unos minutos más y me inventé la excusa de un compromiso ineludible. Estaba lloviendo y tuvimos que esperar frente a la puerta del hotel, mientras llegaba un taxi. Yo no quería hablar más con él, y aguardamos allí en silencio un buen rato, hasta que Kazan dijo súbitamente.

    —Para ti es fácil hacer lo que te dé la gana, porque de seguro ya te habrás gastado toda la plata que ganaste.

    Esto me desconcertó durante semanas, hasta que entendí por fin lo que había querido decirme; era lo mismo que mi abuela rica solía repetirle a sus amistades de clase media baja y a sus parientes venidos a menos; lo mismo que en una ocasión le oí decir a su chofer, Fritz, a quien ella había bautizado Hal: «Los pobres tienen menos preocupaciones que los ricos. El dinero no agobia a quienes no lo tienen»."