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miércoles, 3 de junio de 2020

EL PROXENETA. PIMP, de Iceberg Slim

EL PROXENETA. PIMP, de Iceberg Slim

    "Me ardía la nariz. El pestazo de aquellas putas y el gángster que se estaban fumando eran como cuchillos invisibles rascándome hasta el cerebelo. A pesar de la pila de pasta que había en la guantera, mi talante era peligroso, estaba de muy mala hostia. 

—¡Hostia puta, zorras! ¿Es que alguna de vosotras se ha cagado encima o algo parecido? —dije desgañitándome. 


    Abrí el deflector hacia mí. 

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    Durante un largo momento hubo silencio. Entonces Rachel, mi señora puta, dijo con voz complaciente y pelotera: 


—Papaíto, rey, no es a mierda lo que hueles. Hemos estado currando toda la noche. Los coches de esos primos donde damos el callo no tienen baño. Papaíto, fijo que hemos estado empleándonos a fondo para ti. Lo que hueles son nuestros sucios culos de puta. 


    Sonreí con ganas, por dentro por supuesto. Los mejores chulos guardan sus emociones bajo una carcasa de acero. Yo era de los más gélidos. Las putas soltaron risitas ante el burdo gracejo de Rachel. A un chulo le alegra que sus putas rían. Así sabe que aún están bajo su ala."

martes, 2 de junio de 2020

CAZA DE BRUJAS. TIEMPO DE CANALLAS, de Lilian Hellman

Lillian Hellman, “una mujer inacabada” que defendió su ...
CAZA DE BRUJAS. TIEMPO DE CANALLAS,  de Lilian Hellman

"...En aquel momento el presidente del Comité dejó caer nuevas insinuaciones, y Taylor dio una vuelta de 180 grados en sólo dos oraciones:
J. Parnell Thomas: Señor Taylor, ¿está usted en favor de que la industria cinematográfica haga películas anticomunistas, mostrando los hechos del comunismo?

Taylor: Señor congresista, cuando llegue el momento —y acaso no esté muy lejos— de que este tipo de películas sea necesario, creo que el deber de la industria cinematográfica será hacer películas anticomunistas, y que las hará sin vacilación. Desconozco cuándo llegará exactamente el momento, pero estoy seguro de que se harán, y de que deben hacerse.

Un verdadero miembro de partido se encuentra presto siempre a denunciar su propio pasado a la menor provocación; pero Taylor estableció un nuevo record en su breve comparecencia ante el Comité. Éste, por su parte, logró reducir el país a un solo partido, y el norteamericanismo a su propia «línea» ideológica. El Comité había perfeccionado ya su técnica para apropiarse de posturas ideológicas: el arte de aniquilar al enemigo a base de imitarlo.

Por supuesto, el Comité aún criticaba a los comunistas cuando éstos exigían la conformidad ideológica y las conversiones súbitas."

lunes, 1 de junio de 2020

LA VIDA COMÚN EN LA RDA. EL MURO DE BERLÍN, de Frederick Taylor

LA VIDA COMÚN EN LA RDA. EL MURO DE BERLÍN, de Frederick Taylor 

    "...Otra de mis prolongadas visitas a Alemania Oriental estuvo relacionada con la consulta de una serie distinta de pruebas. Esos documentos se hallaban almacenados en el segundo mayor archivo de la RDA, en Merseburg, en las afueras de Halle, a unos doscientos kilómetros al sur de Berlín. Había un pequeño grupo de estudiantes occidentales que aquel verano realizaban trabajos de investigación allí y, como es lógico, pasábamos mucho tiempo juntos. Tomábamos comidas sencillas en las pequeñas y sombrías fondas del pueblo —fuera del escaparate de Berlín Oriental, las cosas se deterioraban con celeridad—, abusábamos un poco de la cerveza barata y charlábamos con los habitantes de la localidad. Ahí es donde empecé a entender a la gente, y me gustó lo que descubrí. Nuestros compañeros bebedores solían ser obreros de Leuna, la enorme fábrica de productos químicos y principal fuente de trabajo de la zona. Nos hablaban sin tapujos de la espantosa contaminación ambiental, de la arrogancia de los directivos de la fábrica, de la falta de escrúpulos en la búsqueda de cuotas y de normas, un revoltijo de resultados tan competitivo como en el mundo de los negocios capitalista. Los sindicatos independientes, o el periodismo de investigación, o cualquier contrapeso de los que podemos hallar en una sociedad plural, con independencia de los errores que puedan cometer, eran, como es lógico, inexistentes en la RDA.

Cinco segundos de vida en cuarenta años de República Democrática ...
    La otra pregunta más frecuente que nos hacían, sobre todo aquellos que no habían cumplido aún los veinticinco años, era: «¿Conoces a los Rolling Stones?». Y mi respuesta: «Sí, claro. Tengo varios de sus álbumes en casa». Una pausa. Suspiro. «No, me refiero a si los conoces de verdad».

    Sin embargo, por muy deseosos que los alemanes del Este estuviesen de hablar, uno empezaba a advertir que la mayoría a menudo fruncían los ojos y observaban de reojo antes de atreverse. Miraban a su alrededor para asegurarse de que ningún desconocido les estaba escuchando, luego empezaban a hablar: por lo general se quejaban de la escasa calidad de todo lo que podían adquirir en las tiendas, ya que cualquier artículo decente se destinaba a la exportación para obtener divisas fuertes. De política «en mayúsculas» apenas se hablaba. Entonces aparecía aquella mirada de reojo, una mirada característica de una gente atrapada en un pequeño país sin salida, un país donde expresar disconformidad, o siquiera un ligero deseo de viajar, te exponía a que fueras acusado de traición.
     Por supuesto, también estaban aquellos para los que la vida en la RDA era estupenda; fantástica, de hecho. Pude comprobarlo también en mi viaje a Merseburg. Se suponía que debíamos quedarnos en el distrito para el cual nos habían concedido el visado, pero, como los insolentes mocosos capitalistas que éramos, cuando llegaba el fin de semana ignorábamos esa norma. Nos apretujamos en un tren que nos llevó en un ilícito viaje de un día a la capital cultural de Alemania, a Weimar, donde habían residido Goethe y Schiller. Tuvimos suerte. En Weimar había bastantes turistas, de modo que nuestra presencia no llamó la atención. Además, tuvimos la fortuna de que nadie comprobó nuestros visados. Aquella tarde de domingo, antes de coger el tren de regreso a Merseburg, nos acercamos al mejor hotel de la ciudad, el Zum Elefanten, y bajamos al sótano para encargar algo de cena.
Cinco segundos de vida en cuarenta años de República Democrática ...
   Allí nos encontramos con la habitual mirada apática de los camareros empleados del Estado, entrenados al parecer para no prestarte atención. Esperamos mucho para que nos sirvieran las bebidas, y todavía más para que nos trajeran el menú. Al poco rato, en una esquina, empezó a llamarnos la atención un grupo de hombres de mediana edad, no especialmente distinguidos. Un poco escandalosos, en realidad. Flojas las corbatas, las chaquetas de sus trajes baratos colgadas de los respaldos de las sillas. Sin embargo, los camareros respondían como un rayo a todas sus peticiones, al menor chasquido de sus dedos manchados de nicotina, y les sonreían por cualquier comentario banal. Con actitud servil, de hecho. ¿Cómo era eso posible? Luego, al pasar junto al grupo en dirección al guardarropa, comprendí la razón. Observé la pequeña insignia del partido primero en la solapa de una de las chaquetas, y acto seguido en otra. Aquéllos eran los jefes locales comunistas (dei SED, el Partido Socialista Unificado). Años más tarde reconocería algunas similitudes entre esa escena y la película Uno de los nuestros, de Martin Scorsese, donde un matón relacionado con la mafia se presenta en un restaurante y, al ver que le consideran uno de los suyos, él se siente como un rey…"

martes, 26 de mayo de 2020

NEIL GAIMAN

     “Lo único que tienes y que nadie posee eres tú mismo. Tu voz, tu mente, tu historia, tu visión. De modo que escribe y dibuja y construye y juega y baila y vive como solo tú puedes hacerlo”
Neil Gaiman: Descúbrelo

domingo, 24 de mayo de 2020

LOS COMITÉS REVOLUCIONARIOS. TRES PERIODISTAS EN LA REVOLUCIÓN DE ASTURIAS. CRÓNICAS, de Arturo Barea

LOS COMITÉS REVOLUCIONARIOS. TRES PERIODISTAS EN LA REVOLUCIÓN DE ASTURIAS. CRÓNICAS, de Arturo Barea 

    "Pero a los cuatro o cinco días de haberse instalado en los Ayuntamientos o en las Casas del Pueblo los comités revolucionarios hubo un momento de crisis en la revolución. España no secundaba el movimiento; las tropas venían; Oviedo resistía aún. En este instante, el día 11 o el 12, los primitivos Comités revolucionarios se consideraron derrotados e iniciaron la desbandada. Acto seguido apareció en primera fila la fuerza revolucionaria de las juventudes, que tomó de las manos de los viejos dirigentes las riendas del movimiento. Estas juventudes, trabajadas por una propaganda soviética intensísima, conocían al dedillo la casuística de la táctica revolucionaria comunista y, según sus patrones rusos, fielmente seguidos, determinaron que era llegado el momento de salvar la revolución por el terror. Decretaron, pues, el terror, y la primera medida a ponerse en práctica, según sus textos, era el fusilamiento de los rehenes tomados a la burguesía. Tengo la impresión de que así se dispuso, no sé si por una orden superior o por tácito acuerdo de los nuevos comités de cada pueblo. Del 12 al 13 de octubre, si los revolucionarios hubieran sido esos autómatas de la revolución que ellos creían ser, hubieran perecido en Asturias centenares de seres inocentes. Pero, felizmente para España, la calidad de español es todavía más fuerte que ese ciego doctrinarismo marxista que convierte a los hombres en autómatas. Cuando, según rezaba la tabla revolucionaria, los rehenes debían haber sido ejecutados, surgieron unos centenares de revolucionarios en los que fue más fuerte el sentido nacional de lo humano que el sometimiento a una táctica implacable, y se opusieron a que aquellos horrendos crímenes se perpetraran. Conozco detalladamente el curso de este episodio de la revolución en diez o doce pueblos. Los miembros del primer comité luchan con los del segundo comité para salvar la vida de los prisioneros. En todos lo consiguen, menos en uno, en Turón, donde la inhumana sentencia se cumple inexorablemente, y los rehenes —el director de la mina, unos capataces, unos religiosos y unos militares— son fusilados fríamente junto a las tapias del cementerio. He hablado largamente con el sepulturero de Turón.
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    «El día antes —me dice— me llamaron los del Comité y me ordenaron que cavase unas fosas y las tuviese abiertas. Uno es sepulturero y su obligación es cavar las fosas que le manden. Yo estuve cavándolas, como era mi deber y no quise meterme en más. De madrugada vinieron a buscarme a mi casa para que fuese al cementerio con las llaves, abriese y diese sepultura a unos cadáveres. Yo no podía negarme; me mandaban a hacer mi trabajo. Allí, junto a la tapia, estaban los muertos. Los cogí, los enterré y me fui a dormir. Esto es todo»."

viernes, 22 de mayo de 2020

EL SPINOZA DE LA CALLE DEL MERCADO, de Isaac B. Singer

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EL SPINOZA DE LA CALLE DEL MERCADO, de Isaac B. Singer
    "Poseía un pequeño telescopio que había comprado cuando estudiaba en Suiza, y disfrutaba al utilizarlo sobre todo para contemplar la Luna. Llegaba a distinguir claramente sobre la superficie lunar los volcanes bañados en la luz del Sol, así como los oscuros cráteres sumidos en la sombra. No se cansaba de observar esas hendiduras y grietas. Le parecían cercanas y lejanas a la vez, sustanciales e insustanciales. De vez en cuando, veía cómo una estrella fugaz describía un amplio arco atravesando el cielo y desaparecía dejando tras sí una estela de fuego. El doctor Fischelson sabía entonces que un meteorito había alcanzado nuestra atmósfera y quizás algún fragmento no calcinado había caído en el océano o aterrizado en el desierto, o tal vez incluso en alguna región habitada. Lentamente, las estrellas que habían aparecido detrás de su tejado ascendían hasta brillar por encima de las casas, al otro lado de la calle. Sí, cuando el doctor Fischelson miraba a los cielos se hacía consciente de la extensión infinita quesi según Spinoza es uno de los atributos de Dios. Le consolaba pensar que pese a no ser más que un hombre débil e insignificante, una forma cambiante de la absolutamente infinita Sustancia, formaba parte del cosmos, y estaba hecho de la misma materia que los cuerpos celestiales. En la medida en que formaba parte de la divinidad, sabía que no podía ser destruido. En momentos como estos, el doctor Fischelson experimentaba el Amor dei Intellectuali, que según el filósofo de Amsterdam es la más elevada percepción de la mente. Respiraba hondo, levantaba la cabeza todo lo alto que su rígido cuello le permitía y realmente sentía que rotaba en compañía de la Tierra, el Sol, las estrellas, la Vía Láctea y la infinita hueste de galaxias, solo conocidas por el pensamiento infinito. Sus piernas se volvían ligeras, ingrávidas, y sujetaba el marco de la ventana con ambas manos como si temiera perder pie y salir volando hacia la eternidad."

martes, 19 de mayo de 2020

LA CAFETERÍA, de Isaac B Singer

LA CAFETERÍA, de Isaac B Singer 


—Ni siquiera intenta convencerme. La mayor parte de los hombres aquí te acosan y no puedes liberarte de ellos. En Rusia la gente sufría, pero nunca conocí allí tantos locos como en Nueva York. El edificio donde vivo es un manicomio. Mis vecinas son unas lunáticas. Se acusan unas a otras de toda clase de cosas. Cantan, lloran, rompen platos. Una de ellas se tiró por la ventana y se mató. Mantenía relaciones con un muchacho veinte años más joven. En Rusia, el problema era librarse de los piojos; aquí estás rodeado de locura.
Isaac Bashevis Singer and the Lower East Side: Bruce Davidson ...

(...)
...Hace como si le interesara lo que ocurre en el mundo. Sus ideales han desaparecido, aunque todavía mantiene la esperanza en una revolución justa. ¿En qué le podría ayudar una revolución? Yo, por mi parte, nunca he puesto mis esperanzas en un movimiento o un partido. ¿Cómo podemos esperar, cuando todo termina en la muerte? 
—La esperanza es en sí misma una prueba de que no existe la muerte. 
—Sí. Sé que con frecuencia escribe acerca de esto. Para mí, la muerte es el único consuelo. ¿Qué hacen los muertos? ¿Siguen tomando café y comiendo tartaletas de huevo? ¿Siguen leyendo periódicos? Una vida después de la muerte no sería más que una broma.

domingo, 17 de mayo de 2020

STEFAN SWEIG

STEFAN SWEIG

    "Toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo este ha vivido de verStefan Zweig, el exilio que terminó en el suicidio de Europadad”.

sábado, 16 de mayo de 2020

HUIDA DE LOS SERBIOS. EN LAS TRINCHERAS, de Gaziel

HUIDA DE LOS SERBIOS. EN LAS TRINCHERAS, de Gaziel

    Los que quedaban de los dos mil campesinos se esparcieron sin rumbo ni guía por las negruras del monte, divididos en pequeños grupos, aterrorizados y exhaustos. Una gran parte pereció en la fuga. Los restantes escalaron las alturas vertiginosas de Kaimatzskalán o las murallas de Vostarani, logrando penetrar en territorio griego. Un centenar de fugitivos son los que esta tarde llegaron a la venta de Kargjetv. Y aquí han hallado, después de tan monstruosas torturas, la noticia que mi compañero acaba de «asestarles» fatalmente, al decirles que el ejército salvador de los aliados, su última esperanza vital, no está en Monastir ni en parte alguna del territorio serbio, sino que se retira hacia Salónica porque le es imposible evitar de momento el sacrificio completo, absoluto, irremediable, de Serbia. 

1916 hoja revista primera guerra mundial refugi - Comprar Revistas ...    Estas son escenas que infunden una congoja indecible, una piedad ilimitada, una tristeza radical y un hastío soberano del mundo. Ninguna, entre las que he presenciado durante el curso de la guerra, me produjo la conmoción de esa horda de lugareños harapientos, medio desnudos, barridos de sus tierras como despojos de basura humana. 

    ¿Qué crimen horrendo han cometido esas gentes? ¿Cuál es su falta imperdonable? ¿Qué mal han hecho?... Nadie en el mundo, a no ser un espíritu torcido y furioso, es capaz de responder con una sola acusación directa a estas preguntas. ¿Se dirá, acaso, que esos hombres son culpables porque son serbios? Conformes. Lleguemos a imaginar que los serbios son culpables de algo. Pero, ¿es que podemos acusar a los miserables lugareños de Murichovo, que jamás salieron de sus riscos, que no saben leer ni escribir, que hablan apenas y que desconocen en absoluto su misma patria, y no han visto más tierra que la de su estrecho horizonte; es que podemos acusarles de ese algo que, por suposición, imaginamos imputable a los serbios in abstracto ? 

    ¿Qué significa la palabra serbio aplicada a esas gentes? ¿Quiere decir que tuvieron ni la más mínima participación en «lo de Sarajevo»; que abrigaban alguna idea rencorosa contra Austria; que estén atacados de furor paneslavista; que son responsables en modo alguno de los actos realizados, sin que ellos se dieran cuenta, por el gobierno serbio; que sean partícipes, cómplices, ni coadyuvantes del más leve y remoto siquiera de los motivos que han provocado la guerra europea? Es evidente que no. Pues, entonces, ¿qué significa la palabra serbio, en este caso? Significa tan sólo que esos lugareños nacieron en territorio serbio, y que hablan el idioma de su país. ¿Y esto es un crimen? ¿Por esto se les ataca y acosa como a fieras, se les degüella, se les arruina y se les expulsa de sus tierras? ¿Acaso dependió de ellos el lugar de su nacimiento? ¿De qué les ha servido esa tierra nefasta, más que de producirles un inmenso infortunio? ¿Y qué uso han hecho de su idioma, como no sea el de emplearlo para expresar toscamente su dolor salvaje? ¿Dónde está la falta? ¿Por qué, pues, el castigo? ¿No estaban ya, por el mero hecho de nacer, bastante «castigados» con su profunda miseria?... 
    Un exceso de ideología y una falta de fraternidad (defectos comunes a los que descuellan sobre el inmenso rebaño humano, por su inteligencia o por su fuerza) nos impulsan a considerar la tierra como un mapa aparcelado, y a poner en cada uno de sus compartimientos sendos letreros orgullosos o simplemente sonoros: ALEMANIA, FRANCIA, INGLATERRA, SERBIA, BULGARIA, RUSIA, TURQUÍA, etc. Cuando nos referimos a las más altas manifestaciones de la aristocracia artística, intelectual o económica, esos motes tienen todavía un sentido, porque a medida que el espíritu se desarrolla y eleva se vuelve más personal y exclusivo, más característico y delimitado. Pero al envolver en esas denominaciones nacionales a la masa impersonal, oscura, eternamente paciente e irresponsable del pueblo, cometemos un error tristísimo, monstruoso e injusto. 

   Llamémosla inglesa, turca, serbia, italiana u holandesa, la turbamulta de los desheredados permanece siempre la misma, sumergida en su miseria, sujeta a todos los males y arrastrada, sin tener arte ni parte, a sufrir todas las calamidades de la vida. Los nombres que le colgamos no son otra cosa que apodos convencionales, conceptos que le vienen sobremanera anchos y que le hacen tremendamente responsable de intereses y luchas que no son suyos. Es como si envolviéramos, con una seriedad sarcástica, a un pordiosero con un manto real. 

    Pero ellos, los que sufren las consecuencias de este inri ideológico, permanecen en realidad constantemente los mismos, cubiertos de llagas, desangrados y ateridos de frío bajo la púrpura imperial; ¡almas jamás redimidas, carnes nunca saciadas, arbustos humildes y feracísimos, sin aroma y sin flor, víctimas de todos los vientos de estrago y locura que devastan de continuo los campos del mundo!