Ver Viajes del Mundo en un mapa más grande

lunes, 21 de septiembre de 2020

¿POR QUE MINTIO KAPUSCINSKI? KAPUSCINSKI NON-FICTION, de Artur Domolawski

Evitando el periodismo de manada, aprendiendo de Kapuściński
¿POR QUE MINTIO KAPUSCINSKI? KAPUSCINSKI NON-FICTION, de Artur Domolawski


–¿Por qué las personas se inventan cosas? –le pregunto a Wiktor Osiatyński. 

–Para convencerse a sí mismas de que son mejores de lo que en realidad son, para demostrárselo a alguien, para ocultar algún punto débil... Por ejemplo, un cobarde se inventará su valentía; alguien agresivo, su tolerancia. Por lo general falseamos aquello que nos duele. Conocí a un hombre que contaba con todo detalle historias sobre un padre y una familia que nunca tuvo. En el caso de un escritor de no ficción como Rysiek hay un motivo añadido, como es el deseo de hacer más atractivo aquello sobre lo que se escribe, para animar a la lectura o para llamar la atención sobre su persona. Las fabulaciones suelen aparecer cuando alguien no tiene seguridad en sí mismo y debe infundirse algún sentimiento o simular algo. No significa que lo necesite forzosamente, pero él así lo siente. Por lo que usted ha podido determinar, ¿diría que Rysiek inventó cosas todo el tiempo, o en algún momento de su vida las fabulaciones desaparecieron? 

–Más bien desaparecieron, aunque hay alguna excepción... 

–Eso confirmaría mis presentimientos. Cuando se hizo famoso y le llegó el reconocimiento, cuando se sintió mas seguro y no tuvo que demostrarle nada a nadie ni a sí mismo, entonces dejó de inventarse cosas. 

–Algunas fabulaciones las mantuvo, no las desmintió. 

–Es comprensible. Resulta muy difícil retractarse de una fabulación, sobre todo para un reportero. Si hubiera reconocido que se había inventado cosas, alguien podría poner en tela de juicio todo lo que ha escrito. Además, cuando alguien se inventa cosas se pone en marcha un singular mecanismo psicológico: después de algún tiempo él mismo empieza a creerse lo que se ha inventado y llega a la convicción de que está diciendo la verdad. «Desmentir» exige un esfuerzo inmenso, ser valiente y conocerse muy bien a uno mismo. 

–¿Qué pudo impulsar a Rysiek, por ejemplo, a sugerir durante nuestra conversación que había estado presente en la plaza de Tlatelolco cuando se produjo la masacre del año 1968? 

–Creo que en este caso se manifestó una fuerte necesidad de identificarse con un gran mito, con un gran acontecimiento histórico. Llegó a México poco después de la matanza, sintió el ambiente de ese suceso y se identificó con él.

domingo, 20 de septiembre de 2020

EL SACO DE TESALONICA, de Juan Cameniata

EL SACO DE TESALONICA, de Juan Cameniata



 Quienes de los presos había que tenían noticia exacta de lo que antes habían ocultado, revelaban enseguida su identidad para entregarlos con urgencia a cambio de su vida. Quienes reconocieron que no tenían nada, pero habían arreglado el acuerdo solo sobre vanas esperanzas, recibieron la muerte decretada inequívocamente para los de su condición. Así pues, en ese momento algunos bárbaros ya son asignados para ese cometido: llevar a sus casas a los que querían entregar lo suyo y, si había algo con lo que saciar el ojo ávido, estos merecían salvarse y contarse de nuevo entre los cautivos; si, por el contrario, eran cosas baratas o modestas o el enviado no estaba satisfecho con lo que estimasen, se los pasaba a espada. De ahí que el peligro para los sojuzgados no fuese pequeño, porque muchos fueron excluidos del grupo de los que tenían algún material precioso"

miércoles, 16 de septiembre de 2020

EL NAZI QUE ARRESTO A ANNA FRANK. GOETHE EN DACHAU, de Nico Rost

EL NAZI QUE ARRESTO A ANNA FRANK. GOETHE EN DACHAU, de Nico Rost



"...di la dirección de Silberbauer a un periodista holandés, con el convencimiento de que los holandeses tenían derecho siquiera a una sola entrevista. Cuando el holandés fue a ver a Silberbauer, halló al inspector de policía (segunda graduación inferior en la policía austríaca) de muy mal talante. Decía que le habían forzado contra su voluntad. 

—¿Por qué meterse conmigo ahora después de tantos años? Yo no hice más que cumplir con mi deber. Ahora acababa de comprarme unos muebles a plazos y van y me dejan sin empleo ¿Cómo voy yo a pagar los muebles? 

—¿No siente remordimientos de lo que hizo? —le preguntó el reportero. 

—Claro que lo siento y a veces me siento humillado. Ahora, cada vez que tomo un tranvía tengo que pagar billete como todo el mundo, porque ya no tengo pase. 

—¿Y en cuanto a Ana Frank? ¿Ha leído su Diario? 

Silberbauer se encogió de hombros: 

—Compré el librito la semana pasada para ver si salgo yo. Pero yo no salgo. 

El periodista añadió: 

—Millones de personas han leído ese libro antes que usted, y usted hubiera podido ser el primero en leerlo. 

Silberbauer le miró sorprendido. 

—Y que lo diga. Es verdad. Nunca se me había ocurrido. Quizá debí recogerlo del suelo. Si lo hubiera hecho, nadie hubiera oído hablar de él ni de Ana Frank."

martes, 15 de septiembre de 2020

VIAJAR. EN LAS TRINCHERAS, de Gaziel

VIAJAR. EN LAS TRINCHERAS, de Gaziel

GAZIEL · El Corte Inglés    Las modernas vías férreas han quitado a los hombres la más grata y esencial de las emociones que se experimentan durante un viaje. Viajar no es propiamente recorrer con la mayor velocidad posible la distancia que media entre dos puntos de la superficie terrestre. En este caso, lo que se hace no es viajar, sino simplemente trasladarse. Los viajes modernos se caracterizan casi siempre por la rapidez, que es un elemento económico, a costa de la contemplación, que es un impulso emotivo. Un hombre moderno se acuesta en Berlín y se despierta en Roma, sin que tenga la más mínima idea de los vastos y ricos aspectos que la variedad de la naturaleza ha esparcido en el tránsito de aquellas grandes ciudades. Y así los hombres de hoy —enjaulados en la cárcel monótona de los trenes veloces, rodeados de gentes desconocidas, mustias y soñolientas, viendo desfilar vertiginosamente los panoramas serenos, a través del pentagrama de los hilos telegráficos que bordean la ruta— han perdido en gran parte la prístina noción que del viajar tenían nuestros abuelos cuando, arrellanados en el fondo de una silla de postas, iban tan sólo de Chartres hasta París, en íntimo y apacible contacto con la naturaleza.

lunes, 7 de septiembre de 2020

NECESITO VIAJAR. AMERICA, de Vladimir Maiakovski

NECESITO VIAJAR. AMERICA, de Vladimir Maiakovski
    Necesito viajar. Para mí, el contacto con todo lo que respira vida sustituye casi a la lectura de libros. El viaje emociona al lector de hoy. En lugar de historias ficticias, supuestamente curiosas, sobre temas, imágenes y metáforas aburridas, surgen experiencias interesantes por sí solas.


miércoles, 2 de septiembre de 2020

EL PRIVILEGIO DE LA NATURALEZA SALVAJE. MIS AÑOS GRIZZLY, de Doug Peacock

Doug Peacock - Posts | Facebook

EL PRIVILEGIO DE LA NATURALEZA SALVAJE. MIS AÑOS GRIZZLY, de Doug Peacock

    Caminamos por la orilla pedregosa del lago hasta el pequeño claro y montamos la tienda. Habíamos avanzado menos de doce millas ese día, pero daba la impresión de que eran más. Nos acurrucamos en los sacos de dormir: compartir un lugar como aquél sabía a gloria. Acabábamos de atravesar el corazón de las tierras altas de Montana, para llegar a ese puerto de montaña salvaje y alejado de cualquier camino. El viento de la tarde se levantó y cerramos la cremallera lateral de la tienda contra el que soplaba; nos quedamos observando, a través de la solapa opuesta, la superficie fría del lago alpino. Vivir era un privilegio, ese día un regalo, y la naturaleza bella y severa, el águila dejando caer la ardilla.

martes, 1 de septiembre de 2020

COMO SE RECLUTABAN NUEVAS VIGILANTES PARA LOS CAMPOS DE EXTERMINIO. PRISIONERA DE STALIN Y HITLER, de Marguerete Buber-Neumann

COMO SE RECLUTABAN NUEVAS VIGILANTES PARA LOS CAMPOS DE EXTERMINIO. PRISIONERA DE STALIN Y HITLER, de Marguerete Buber-Neumann

    Para controlar a las diez mil detenidas, las SS precisaban cada vez de más vigilantes. A este fin Bräuning emprendió algunos viajes con el fin de reclutarlas. Por ejemplo, se trasladó a la fábrica de aviones Heinkel e hizo llamar a su presencia a las trabajadoras; con elocuentes palabras manifestó que se buscaba personal adecuado para un campo de reeducación, donde tendrían que desempeñar únicamente trabajos de vigilancia. Describió con vivos colores las encantadoras viviendas, la alimentación excelente y sobre todo el elevado sueldo que allí les esperaba.
    Como era lógico, no utilizó en ningún momento la expresión «campo de concentración». Su artimaña no podía fallar, pues para cualquier operaría de la industria bélica era preferible, en lugar de un trabajo corporal duro y en condiciones desfavorables, el aceptar un cargo tan ventajoso como aquél. Después de cada uno de los viajes del director de la prisión preventiva, se presentaban a solicitar las plazas veinte o más obreras. Antes de recibir sus uniformes, de color gris, se presentaron a la vigilante jefe. En su mayor parte acudían pobremente vestidas, atemorizadas e intimidadas por la disciplina; muchas no se habían dado cuenta aún de la categoría de su misión. La Langefeld les dijo dónde tendrían que vivir, dónde podrían proveerse de sus uniformes y cuándo empezaban el servicio. Por la ventana se las veía caminar desorientadas, en grupos, asustadas ante el estado de las prisioneras. En algunas de ellas se operó una transformación definitiva después de uniformadas. La arrogancia que prestaban las botas altas hacía que las cosas fueran sustancialmente distintas.

    Cada «nueva» fue adscrita a una vigilante experimentada, a la que tenía que acompañar por la mañana, cuando salían las columnas de trabajo. En los primeros días de su existencia como vigilantes, la mitad de ellas se presentaban llorando al cuarto de la vigilante jefe y pedían ser liberadas de sus obligaciones. Allí se les hacía ver claramente que solamente el director de la prisión preventiva o el comandante podían desligarlas, pero pocas se atrevieron a dar este paso. El temor de presentarse a un oficial y quizá ser tratadas groseramente las detenía; otras temían ponerse en ridículo al tener que volver a la fábrica; al mismo tiempo, esta ocupación, si bien desagradable, era menos fatigosa y estaba muy bien remunerada.
    El comandante y el director de la prisión preventiva ponían al corriente de sus deberes a las nuevas vigilantes. Les describían a las detenidas como mujeres inferiores ante las que había que conducirse con todo rigor. También se insistió convenientemente sobre la importancia de su nueva misión, y no faltaron las advertencias para que respetaran las órdenes de servicio, amenazándolas principalmente con castigos si osaban mantener cualquier contacto personal con la escoria que constituían las detenidas en el campo de concentración. Cada dos días tenían lugar nuevas llamadas a las vigilantes y se les predicaba severidad y rigor. Desde entonces, su sociedad diaria eran las vigilantes mandonas, gruñonas y apaleadoras y no rara vez también las «detenidas instructoras» y prisioneras sucias, mal encaradas y serviles. En su tiempo libre, las nuevas vigilantes solían reunirse con miembros de las SS. Pronto se dieron cuenta de que las más feroces eran las que tenían más éxito con aquellos hombres, y se ufanaban ante ellos de sus proezas. Excepto la que conservaba un resto de principios morales, cualidad que al llegar a conocimiento de la dirección del campo dio lugar a su expulsión antes de los tres meses de haber llegado, las demás ofrecieron el triste espectáculo de igualarse en saña y crueldad a las vigilantes antiguas: a los quince días ya denunciaban y golpeaban a las detenidas por las menores faltas.
Dorothea Binz y su 'placer malévolo' en el campo de Ravensbrück
   También se dio el caso de mujeres que, desde cualquier puesto de trabajo, eran enviadas a Ravensbrück en calidad de vigilantes. Esto ocurría por lo general cuando alguna había rehusado una o dos veces el cargo asignado; a la siguiente negativa se enfrentarían con una acusación judicial, por lo que tenían que claudicar. También se evitaba hablar de «campo de concentración».

viernes, 21 de agosto de 2020

IDA VITALE

 IDA VITALE

"Caminar despacio, a ver si, tentado el tiempo, hace lo mismo."


miércoles, 19 de agosto de 2020

LAS ESCLAVAS DE LA COMPAÑÍA SIEMENS EN EL CAMPO DE EXTERMINIO DE RAVENSBRUCK. PRISIONERA DE STALIN Y HITLER, de Margarete Buber-Neumann

Margarete Buber-Neumann sufrió la represión de de los dos totalitarismo más representativos del siglo XX: el nazismo y el comunismo. A la derecho se la puede ver testificando a favor del desertor soviético Victor Kravchenko quien en su libro "Elegí la libertad" describe su vida dentro de la Rusia comunista y deja en evidencia las semejanzas entre el nazismo y el comunismo.
LAS ESCLAVAS DE LA COMPAÑÍA SIEMENS EN EL CAMPO DE EXTERMINIO DE RAVENSBRUCK. PRISIONERA DE STALIN Y HITLER, de Margarete Buber-Neumann
Los barracones de trabajo de la empresa Siemens habían sido construidos por prisioneros, y sólo desde hacía algunas semanas había sido puesto en funcionamiento el primero. Había unas cincuenta mujeres devanando carretes y montando relés. Antes de ser admitida al trabajo, cada prisionera tenía que probar su habilidad e inteligencia. Tenía que curvar un alambre en una forma determinada y doblar un papel según el esquema fijado. También era examinada su agudeza visual. El ingeniero Grade, que llevaba ya quince años al servicio de la empresa Siemens & Halske, seleccionaba cuidadosamente a las más aptas entre las que se le enviaban.
El trabajo estaba organizado de igual modo que en las fábricas Siemens de obreros libres. Las prisioneras bobinadoras y las montadoras de relés eran dirigidas y controladas por trabajadoras más antiguas. El jefe de esta «filial de Ravensbrück» era el ingeniero Grade. Aparte de esto, gobernaba cada barracón de trabajo una vigilante SS, como representante de las autoridades del campo de concentración.
Para cada prisionera se abrió una ficha con el apellido, nombre, fecha de nacimiento y profesión, y en la que se anotaban además los resultados de los exámenes y el puesto más adecuado. Cada prisionera tenía una tarjeta de salarios en la que se inscribía el trabajo realizado y el jornal por el trabajo hecho, que correspondía al de un obrero libre en la Siemens. Al final de cada semana se inscribía la suma de jornales y las horas de trabajo de tal modo que pudiera verse lo que ganaba cada operaría; naturalmente, ésta no recibía ningún dinero. La Siemens pagaba al campo de concentración todos los salarios de todas las esclavas. Por este sistema se averiguaba fácilmente qué prisioneras no alcanzaban los cuarenta peniques que tenían fijados por hora. Si se repetía esta negligencia recibía una reprensión severa de la jefe del taller; si esto no servía, se requería la intervención de la vigilante, quien extendía un parte que llevaba a la prisionera al calabozo o al bloque correccional. También se trabajaba horas suplementarias —según los casos, hasta cinco—, como una forma de trabajo forzado. Todo obra de la nombrada empresa Siemens; la que culminaba su tarea recibía unos vales de poder adquisitivo proporcionado al trabajo, que podían utilizarse como moneda en la cantina. Pero en los últimos años sólo se vendía sal y unas repulsivas empanadas de pescado.
Yo me ocupaba principalmente de la correspondencia del señor Grade con la dirección del campo de concentración. En este ingeniero civil había un malogrado gerifalte de las SS; no tenía el menor escrúpulo en denunciar a la vigilante las prisioneras con pocas ganas de trabajar y en exigirle que actuara. Cuando encontraba una prisionera, a su juicio inútil, no dudaba en ponerlo en conocimiento de las autoridades del campo. Para él era evidente que las reclusas no podían gozar de ningún derecho. Yo supe luego que el impulso principal de este celo era el deseo de hacer carrera y el miedo a la guerra. Mientras se le considerara indispensable, la empresa Siemens le reclamaría a su servicio.
Cada prisionera tenía un lugar de trabajo reservado. El espacioso barracón estaba dotado de una potente iluminación eléctrica. El trabajo de las mujeres consistía en bobinar, montar, ajustar, comprobar y embalar los relés que iban a ser utilizados en aparatos telefónicos y en dispositivos de lanzamiento automático de bombas. También se fabricaban interruptores y aparatos telefónicos. Para cualquiera de estos trabajos se requería un cierto grado de experiencia y el máximo de interés.
Las dictaduras de Hitler y de Stalin han demostrado que la industria moderna puede ser perfectamente desarrollada con esclavos; tan sólo hace falta no permitir que falten hombres ni materia prima. Los campos de concentración rusos, al igual que los alemanes, fueron instituidos para aislar a los enemigos del Estado, y ambos sistemas coinciden en su desprecio al individuo y en considerar lícita su utilización como esclavos.

martes, 11 de agosto de 2020

ATAQUES DE OSOS GRIZZLY. MIS AÑOS GRIZZLY, de Doug Peacock

Grizzly Country - Film by Ben Moon — Grizzly Country
Grizzly Man's Last Stand - Doug Peacock and Rick Bass Hunting ...
ATAQUES DE OSOS GRIZZLY. MIS AÑOS GRIZZLY, de Doug Peacock

    A menos de quince millas del lugar donde me encontraba, los grizzlies habían matado a cinco personas en las últimas dos décadas. El número, elevado, refleja la cantidad de personas que abarrotan estas magníficas montañas alpinas cada verano. Mientras sigamos insistiendo en embutir a hordas de personas en cada cuenca de montaña, habrá conflictos y muertes ocasionales. Aquí arriba hay senderos trillados y sencillos que llevan hasta el último rincón de la naturaleza: los grizzlies no tienen ningún sitio adonde ir.
    La primera de estas muertes ocurrió en agosto de 1967, cuando una joven y su pareja acamparon cerca de un chalet en medio de la naturaleza. Estos chalets se construyeron durante las primeras décadas del siglo XX , cuando el Servicio de Parques Nacionales intentaba vender la idea de la conservación del territorio atrayendo a un gran número de turistas, y el ferrocarril intentaba capitalizarla. El Parque de los Glaciares acabó contando con dos de dichos chalets históricos, que ofrecen una buena cama y sirven hasta tres copiosas comidas al día en el corazón de la naturaleza.

    Uno de esos chalets arrojaba su basura a una hondonada, atrayendo deliberadamente a los grizzlies para que se alimentasen. A trescientas yardas de distancia había una zona de acampada, donde la joven pareja estaba pasando la noche, hasta que en mitad de la madrugada un grizzly los despertó. El oso atacó al hombre y arrastró a la mujer, que no dejaba de gritar, hacia las tinieblas. Fue abandonada viva, pero con heridas mortales, a cien yardas de distancia. La operación de búsqueda y rescate que podría haberle salvado la vida se aplazó hasta el amanecer, y la joven murió poco después de que la encontrasen. 

    La segunda muerte se produjo el 23 de septiembre de 1976, cinco millas al este de ese mismo chalet, en el campamento del glaciar Many. Un grupo de cinco estudiantes de la Universidad de Montana había montado sus tiendas en el comienzo de la ruta que pretendían recorrer, pero que encontraron «cerrada» a causa de los osos. Mary Pat, una de las jóvenes y víctima del ataque, era amiga de un escritor de Missoula, Bill Kittredge, que luego se convertiría en un buen amigo mío. Yo también había salido ese mismo día y por esa misma zona.

    A las siete de la mañana, un grizzly desgarró la tela de una de las tiendas y entró en ella; luego se retiró unos segundos, antes de volver y arrastrar afuera a la campista más cercana, Mary Pat, que estaba en su saco de dormir cuando el oso la mató. Aunque esa misma mañana el Servicio del Parque ejecutó a dos grizzlies adolescentes, el Dr. Charles Jonkel, uno de los miembros del comité de investigación que se ocupó del accidente, cree que el verdadero culpable fue un macho más viejo, al que capturaron un tiempo después. No se podía culpar a nadie: las jóvenes estaban bien informadas y mantuvieron el campamento limpio. «Lo hicieron todo bien», dijo el Dr. Richard Knight, líder del Grupo de Estudio Grizzly de la Interagencia de Yellowstone.

    Quince millas más al este, en la frontera entre el Parque de los Glaciares y la Reserva de los Pies Negros, dos jóvenes murieron tras el ataque de un macho grizzly de cinco años, el 24 de julio de 1980. La agresión se produjo en el límite del término municipal de St. Mary, mientras el oso responsable regresaba del vertedero de la ciudad, donde había estado alimentándose de un caballo muerto. Inspeccioné el lugar una semana después del ataque mortal, acompañado por Ed Abbey, que había llegado de Tucson y estaba de visita. La pareja estaba durmiendo fuera de la tienda —hacía calor—, junto a un diminuto arroyo que atravesaba una arboleda de sauces. El estrecho desfiladero era un sendero natural transitado por los animales. Cuando el grizzly se percató de la presencia de la pareja, a primera hora de la mañana, junto al arroyo ruidoso, tenían que separarlos unos pocos pies. Fuimos a ver el sitio: un pequeño álamo crecía justo al otro lado del riachuelo, y la muralla de matorrales que rodeaba el lugar parecía claustrofóbica. La idea de encontrarnos allí en plena noche con un oso nos provocó tal escalofrío que nos retiramos ipso facto . Las señales en el terreno y la naturaleza de las heridas del hombre joven dejaban claro que había luchado valiente y desesperadamente por la vida de ambos. Como le conté a Ed, el tipo era hermano de un amigo mío, que a su vez había sido atacado por un grizzly en el Parque de los Glaciares. Mi cabeza nunca aceptará ese desarrollo tan sumamente inverosímil de los acontecimientos.

    La muerte por ataque de grizzly más reciente en esa zona se produjo la última semana de septiembre de 1980, aunque nadie sabe la fecha exacta porque sólo se encontraron un fragmento de cráneo y varios trozos de fémur mordisqueados: el oso se había comido todo lo demás. El reloj automático Seiko de la víctima se había detenido a la una y media del mediodía del 28 de septiembre. Un amigo mío dio con sus restos en un bosque de sauces, en el margen inferior del lago Elizabeth, el 3 de octubre, después de divisar su campamento destrozado desde un helicóptero. Se encontró una prenda de vestir en la zona, y también otra camiseta manchada de sangre entre los sauces, cerca de los huesos.
Doug Peacock busca la naturaleza salvaje en "Mis Años Grizzly ...
    La víctima era un treintañero, un expiloto de Texas que viajaba solo. Decían que le había enviado una postal por correo a su madre justo antes de su última excursión. La postal tenía impresas unas huellas de oso, y había una flecha apuntando a ellas con la inscripción: «Éste es el oso que va a comerme». El texano era algo más que un hombre al que le gustaba viajar solo —actividad desaconsejada por las autoridades del parque—. Era un hombre espiritual, y siempre me refiero a él como «el Cristiano», por su costumbre de llevar varias Biblias y otras obras de literatura religiosa en su mochila. Se encontró una pequeña cámara cerca de los restos de su tienda y las autoridades revelaron el carrete. En las últimas cuatro fotos —de las que me hablaron, pero que nunca vi con mis propios ojos— había una imagen de su campamento por la tarde. Otra foto, tomada unas horas después ese mismo día, mostraba el campamento destruido. La penúltima imagen era la de su tienda resucitada de la carnicería, y la última mostraba parte de su campamento destrozado y una mancha marrón borrosa en la ladera que había detrás.

    Había que tener un valor o una estupidez inauditos para instalar una tienda donde apenas horas o minutos antes un oso había destrozado el campamento. Me lo imagino apelando a su fe, a la espera del grizzly en la tienda; acaso intentando huir hacia el agua por los troncos, sólo para ser cazado y arrastrado de nuevo entre los sauces. Nunca lo sabremos. Pero parece que ese oso tenía intención de matar y devorar a un ser humano. Nunca nadie había visto algo así. Mataron a un oso, claro. Probablemente era el grizzly que se comió al Cristiano, pues tenía una etiqueta en la oreja y un breve historial de problemas con humanos.

    Pero ¿qué pasaría si el verdadero asesino hubiese escapado? Me imagino a punto de entrar en un valle de montaña sobre el que pende la leyenda de un grizzly asesino: sería imposible tener las mismas sensaciones sabiendo que un devorador de hombres comparte la cuenca contigo. El valle no tendría tantos visitantes y yo no dormiría bien por las noches. Además, puede que no quedase otro lugar que pareciese tan salvaje o formidable en todo el país.

    Yo estaba allí en 1976 y 1980, en esos fatales días de septiembre, y puedo dar fe de la irritabilidad generalizada y la actitud agresiva de los osos. Pero el 23 de septiembre de 1976 noté algo más: percibí un olor a orina en el viento, y luego el hedor inconfundible de algo muerto y en descomposición. Nunca localicé la fuente de esos olores, ni encontré oso alguno, salvo por el instante en que distinguí a un llamativo grizzly rubio que, misteriosamente, se desvaneció de inmediato.

    Tenía la sensación de que algo iba mal —no era nada lógico, pero la sensación era tan convincente que confié en ella—. Lucas y Lisa estaban conmigo. Al principio sólo estaba un tanto alarmado, pero cuando volví a percibir ese olor particular rocé el pánico.

    Corrí hasta ellos, los aparté del sendero y les grité: «Fuera de aquí cagando leches». Me miraron fijamente, inmóviles.

    «¡Que os vayáis, hostias!», grité, para evitar confusiones.

    Nos marchamos de allí. Nunca antes, ni desde entonces, he tenido una sensación tan intensa de peligro inminente en territorio grizzly. Fue el día de la muerte de Mary Pat.
Grizzly defender Doug Peacock's last stand | by Mountain West News ...
    La depredación de humanos por parte de los osos es extremadamente insólita. La depredación de cualquier cosa por parte de los grizzlies es, en la mayor parte de los casos, oportunista, ya que suelen alimentarse de animales muertos. La mayoría de historias sobre osos que matan y devoran a personas se basa en hechos nebulosos, aunque ha habido insólitas excepciones. La mayor parte de casos documentados sucedieron por la noche, cuando la gente estaba en su saco de dormir, a veces dentro de la tienda. Estos acontecimientos son poco comunes y los grizzlies implicados suelen tener experiencia previa con alimentos o basura humana. Sólo conozco dos ejemplos de humanos devorados por grizzlies a plena luz del día, y uno de ellos era el del Cristiano. Pero, aparte de este puñado de hechos y este temor primitivo, poco más se puede decir. Este comportamiento de los grizzlies no puede rechazarse y ser tildado, simplemente, de «antinatural». Es la materia de la que están hechas las pesadillas.