Ver Viajes del Mundo en un mapa más grande

viernes, 2 de agosto de 2019

MARTIN EN LA HUELGA DE LA MINERÍA INGLESA. GB84, de David Peace

MARTIN EN LA HUELGA DE LA MINERÍA INGLESA. GB84, de David Peace

    "Solíamos venir dos veces al mes cuando nos mudamos aquí. Veíamos escaparates. Mirábamos todas las cosas que se podían comprar con dinero... tresillos, dormitorios amueblados, frigoríficos-congeladores, aparatos de vídeo.... Pero a Cath no le gustaba limitarse a mirar. Tenía que llevarse algo. Yo la animaba. Le hacía sentirse mejor. Le duraba un día más o menos. Luego los catálogos volvían a salir. La cinta métrica era como una droga para ella. Comprar cosas. Llenar todos los espacios vacíos. Necesitaba su dosis o no había forma de hablar con ella. Era como una adicción. Incluso había instalado una fachada de piedra en la parte delantera de la casa. ¿Cuánto nos había costado? Quedaba como el culo. Pero por eso estoy aquí. Para ver si la veo. Aunque en el fondo sé que no la veré... Deambulo mirando todas las cosas que no puedo comprar. Luego las cosas que ya nunca tendré... tresillos, dormitorios amueblados. Frigoríficos congeladores, aparatos de vídeo... cosas que ni siquiera quiero. Cosas que nunca he querido... Pero no tiene lo único que quiero. No se puede comprar lo que yo quiero. Aquí no. Ya no. Hoy en Gran Bretaña no... lo que quiero es volver atrás. Volver a mi puesto de trabajo... no en un autobús, con las ventanas tapadas con malla. No con una capucha con agujeros para los ojos... quiero volver en mi coche. Aparcarlo con los demás. Entrar en el vestuario y reír con los chicos. Bajar en la jaula. Hacer mi turno y jugar una partida a las cartas. Currar y volver arriba. Lavarme y fichar. Volver directo a casa... a casa. Con mi mujer. Mi mujer. Mi Cath. Eso es lo que quiero. Eso es lo único que quiero... Recuperar a mi mujer. Recuperar mi trabajo... mi vida. La vida que tenía... Eso es lo único que quiero. Pero no lo veo. Aquí no. Hoy no"
Resultado de imagen de HUELGA DE LA MINERÍA INGLESA

jueves, 1 de agosto de 2019

EL REGRESO DE LA CIMA DEL ANNAPURNA. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

Pero, ¿qué hacían mientras Herzog y Lachenal? No se habían llevado tienda e indudablemente habían tratado de alcanzar la cumbre que, sin embargo, seguía estando bastante alejada.

El tiempo pasaba y no les veíamos llegar. En el exterior reinaba la tempestad y empezábamos a inquietarnos. Pronto sería demasiado tarde para que nadie pudiera descender hasta el campamento IV, e íbamos a tener que dormir de tres en tres en aquellas tiendas que ya para dos personas resultaban demasiado pequeñas. Ante tal perspectiva, Couzy y Schatz, visiblemente deteriorados por el malestar producido por la gran altitud, decidieron volver a bajar al menos hasta el campamento IV y, si podían, más abajo incluso. Apenas habían partido cuando me trasladé a su tienda con todos mis bagajes. Según mis costumbres en el Himalaya, me ocupé de cocinar y preparé ovomaltina y tonimalt con nieve previamente fundida.

  Seguía pasando el tiempo y mi intranquilidad alcanzaba ya el paroxismo. Con los nervios tensos y al borde de la impaciencia, asomaba a menudo el busto con la esperanza de percibir algo; pero no encontraba más que la tempestad, despiadada como siempre. Por fin mi oído, siempre atento, captó el característico crujido producido por el paso del hombre sobre la nieve. Entonces me precipité hacia el exterior, justo a tiempo de ver llegar a Herzog, solo. Con la ropa y la barba con un aspecto muy extraño porque estaban cubiertas de escarcha, me anunció, con los ojos iluminados por la alegría, la victoria. En aquel solemne minuto traté de estrecharle la mano. ¡Horror! Lo que me ofrecía era un pedazo de hielo, duro como el bronce. Entonces le grité:

  —¡Momo! ¡Tienes la mano helada!

  El miró su miembro con indiferencia y me respondió:

  —No es nada, ya me recuperaré.

  La ausencia de Lachenal me asombraba, pero Maurice dijo que llegaría de un momento a otro.

  Luego entró en la tienda de Gastón, que enseguida se puso a cuidarle. Yo me puse a calentar agua. Luego, como Lachenal seguía sin llegar, volví a preguntar a Herzog; lo único que sabía contestarme, sin embargo, era que estaban juntos unos minutos antes de llegar al campamento.

Yo saqué la cabeza fuera de la tienda y tuve la impresión de oír una llamada lejana. Presté toda mi atención, y el viento, que soplaba furiosamente, llevó hasta mí un débil pero inconfundible grito de «¡Socorro!». Salí de la tienda y apenas si pude percibir la imagen de Lachenal colgado en una pendiente, a unos cien metros por debajo del campamento.

  Rápidamente me calcé y me vestí. Cuando, al volver a salir, miré de nuevo la pendiente, ésta estaba blanca y lisa. No había ninguna sombra que frenara mi mirada. El golpe moral fue tan fuerte que perdí el control. Llenos los ojos de lágrimas, me puse a gritar con todas las fuerzas de mi desesperación. Pasaron unos minutos atroces en los que creí haber perdido para siempre al compañero de los más bellos días de mi vida. Aplastado por la tristeza, no me conformaba sin embargo a creer que todo había terminado. Olvidando el huracán que me cortaba la cara, me quedé allí, postrado.

  Entonces se produjo lo que la intensidad dramática de la situación me había impedido imaginar. Una nube se abrió y me permitió ver a Lachenal, que se encontraba situado en un punto mucho más bajo de lo que yo recordaba. Sin detenerme a ponerme los crampones, me lancé resbalando como un trineo. Bajé como un bólido por aquella fuerte pendiente y sólo a duras penas pude detenerme en la nieve compacta y endurecida por el viento.

  Sin piolet, sin gorro, sin guantes, y con un único crampón, Lachenal acababa de sufrir una grave caída. Con la mirada perdida, me gritó:

  —He patinado. Tengo los pies helados hasta los tobillos. Ayúdame a bajar al campamento II. Oudot me pondrá inyecciones. Rápido, rápido, ¡bajemos!

  Yo traté de explicarle el peligro mortal que suponía descender en plena tempestad y con la noche encima, pues faltaba media hora para que oscureciera totalmente. Además, no teníamos ni cuerda ni crampones. Su angustia ante la idea de quedar atrozmente mutilado era tal que, al ver que yo me negaba a hacer lo que pedía, se encendía en sus ojos una llama de locura; arrebatado por una violencia repentina me arrancó de las manos mi piolet y se puso a correr pendiente abajo; pero su único crampón le hizo tropezar; después de dar algunos pasos más, se sentó llorando en la nieve y me gritó con acento desesperado:

  —Bajemos; si Oudot no me pone las inyecciones, estoy perdido. Me cortarán los pies hasta la pantorrilla.

  Yo me esforcé por hacerle razonar y le dije que no había ninguna posibilidad que no fuera volver a subir para pasar la noche en el campamento; pero él no quiso saber nada de eso. Pasaron unos minutos largos en los que, con el rostro cortado por las ráfagas, continuamos este auténtico diálogo de sordos. Por fin Louis se decidió a seguirme; jadeando, fui cortando furiosamente la nieve para abrir paso mientras que él, agotado física y moralmente, se arrastraba de pies y manos.

  Inmediatamente después de entrar en la tienda, traté de descalzar a Lachenal, pero todo estaba duro como una piedra. Con un cuchillo separé sus botas de los calcetines y logré por fin arrancarlas. Los pies de mi amigo estaban blancos y totalmente inertes. Al verlo, mi corazón quedó encogido. Es cierto que habíamos conquistado el Annapurna, que habíamos alcanzado la primera cumbre de ocho mil metros, pero, ¿a qué precio? Yo, que estaba dispuesto a dar mi vida por esta victoria, no pude evitar pensar por un instante que aquel era un precio demasiado caro. Pero no era momento de meditar, sino de actuar.

  Así empezó una noche más profundamente dramática que ninguna de las que han descrito jamás las novelas de aventuras. A falta de un colchón neumático, tuve que aislarme un poco de la nieve sentándome sobre los víveres, y en esta posición pasé horas frotando y flagelando los pies de Lachenal hasta quedar sin aliento. Él, alcanzado algunas veces por las cuerdas en partes todavía vivas, lanzaba gritos furiosos. De vez en cuando me paraba para llenar la escudilla de nieve y preparar bebidas calientes para los dos heridos.

  En la tienda vecina oía a Rébuffat que hacía cuanto podía para reanimar las cuatro extremidades de Herzog. Pasaban monótonas las horas. A veces, abrumado por la fatiga y el sueño, caía sobre Lachenal; luego, con un sobresalto de energía, comenzaba de nuevo a frotar. Con voz entrecortada, mi amigo me contó la última batalla. Me explicó cómo partieron al alba, de una tienda hundida, sin haber podido tomar nada caliente. Me contó la interminable subida hacia una cima que parecía huir ante ellos; el insidioso frío que penetraba en sus miembros pese a todos los esfuerzos, la fatiga, la falta de aire. Por fin la cumbre, la victoria, las fotos, aquel minuto del que se espera una maravillosa alegría y en el que sólo se siente una penosa impresión de vacío. El descenso del que lo había olvidado todo a excepción de aquella caída en la que, resbalando por la pendiente en enloquecidas cabriolas, esperaba con resolución la muerte. Luego la inesperada e incomprensible detención, el regreso a la vida, la angustia, el sufrimiento, la llegada de auxilios.

  En silencio, escuchaba el relato de aquellas horas gloriosas. Así, por su inflexible voluntad, su valor y su abnegación, mis compañeros habían sabido conseguir aquella victoria por la que, pese a los mortales riesgos, todo el equipo había combatido con sus últimas energías. Gracias al desesperado esfuerzo de aquellos dos héroes, años de sueños y preparación conocían por fin el éxito. El formidable trabajo de quienes, para gloria de nuestro país y por un puro ideal, habían hecho posible esa simbólica conquista, no había sido en vano. ¡Con qué penacho francés habían coronado, Herzog y Lachenal, aquel edificio tan penosamente construido! Gracias a ellos, nuestra raza, tan criticada, había dado al mundo el mejor ejemplo de sus inmortales virtudes. De este modo la obra emprendida podría ser perpetuada, nuestra juventud podría seguir el ejemplo de sus mayores y, sin duda alguna, hacerlo todavía mejor."


miércoles, 31 de julio de 2019

VIEJOS CAMINOS. LOS SENDEROS DEL MAR, de María Belmonte

VIEJOS CAMINOS. LOS SENDEROS DEL MAR, de María Belmonte

    "Cuando uno se dispone a explorar los viejos caminos le salen al paso de los fantasmas y las voces del pasado; voces que te cuentan historias y relatos que allí sucedieron y han quedado suspendidos en el aire y a los que el nuevo viajero, sin siquiera proponérselo, añade con sus pasos otras líneas argumentales, pasando, el también, a formar parte de su historia. Cuando llevas un tiempo andando te fundes con el camino: ya no vas sobre él, sino dentro de él, y junto a los antepasados que lo recorrieron antes que tú"

martes, 30 de julio de 2019

AGOTAMIENTO. UN PASEO POR EL BOSQUE, de Bill Bryson

AGOTAMIENTO. UN PASEO POR EL BOSQUE, de Bill Bryson

    "Cuando, pasada una eternidad, llegas a una zona en la que todo indica que de verdad estás en lo más alto, donde el aire huele a resina de pino y la vegetación es dura, retorcida y doblada por el efecto del viento, cuando llegas a la cumbre despejada... para entonces, por desgracia, ya no te importa nada. Te dejas caer boca abajo sobre una pared de gneis en pendiente, con el peso de la mochila empujandote contra la roca, y pasas algunos minutos allí tendido, mientras piensas de manera ausente, como en una experiencia extracorpórea, que nunca está entonces has contemplado un liquen tan de cerca; que nunca has mirado ningún elemento del mundo natural, en realidad, desde que tenías 4 años y te regalaron tu primera lupa. Por último, con un resoplido de resignación, ruedas sobre ti mismo, descuelgas la mochila, te pones en pie como buenamente puedes y te das cuenta (de nuevo con esa sensación distante y ligeramente vertiginosa de no estar del todo dónde estás) de que las vistas son sensacionales; ante ti se abre un panorama ilimitado de montes boscosos jamás tocados por la mano del hombre, que se extienden hasta donde alcanza la vista. Bien podría ser el cielo. Es un espectáculo espléndido, sin duda, pero la idea que no deja de darte vueltas por la cabeza es que vas a tener que recorrer ese paisaje a pie... y que lo que ves no es más que una porción mínima de lo que tendrás que atravesar antes de terminar."

viernes, 26 de julio de 2019

TRABAJADORES INMIGRANTES. LAS SILLITAS ROJAS, de Edna O'Brien

TRABAJADORES INMIGRANTES. LAS SILLITAS ROJAS, de Edna O'Brien

    "Observaba cómo trabajaban las demás para aprender sus técnicas: unas eran enérgicas, otras movían el paño muy rápido y lo pasaban y repasaban por las superficies, salvo María, que procedía con sus tareas con gran celo, porque todo tenía su importancia, incluso la faena más insignificante. Ésa era su filosofía, ésa, y la del éxtasis del tango. María estaba convencida de que una noche aparecería un hombre alto y enigmático, un gran jefe del banco, con el que recorrería el pasillo ejecutando un tango igual que dos almas gemelas. No se trataba de un sueño, aseguraba, sino de un cuento de hadas, y, en el brete en que todas se encontraban, los cuentos de hadas eran cruciales.

    Eran gente nocturna, a un paso de los fantasmas, y desconocidas entre sí. Algunas estaban casadas, según adivinó por las alianzas, y muchas tenían hijos que, contraviniendo las normas, llamaban en mitad de la noche para dar parte de alguna crisis. Las madres, sabiendo que las llamadas estaban prohibidas, remoloneaban por las esquinas para atender el teléfono. Muchas habían huido del horror, de países a los que jamás regresarían, mientras otras aún añoraban su tierra. Todas atesoraban los recuerdos y la esencia de su primer lugar en el mundo, que no compartían con nadie. Para Fidelma se trataba de un recuerdo insignificante: el de la hierba joven bañada por el sol matinal y el rocío nocturno; luz y agua interactuaban como en un prisma, y también las hojas superiores de un fresno que desprendían un halo diamantino por la lluvia, y el verdor circundante protector, vasto, envolvente."

jueves, 25 de julio de 2019

LA ETICA SOCIAL DEL ALPINISTA LIONEL TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

LA ETICA SOCIAL DEL ALPINISTA LIONEL TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray


   "Durante el verano, acumulé ascensiones al ritmo de un guía profesional. En medio de toda esta intensa actividad, todavía encontraba la manera de dar larguísimos paseos en bicicleta y practicar la natación, el atletismo y la gimnasia.

  Tengo que reconocer que mis actividades culturales eran mucho más moderadas, limitándose a la lectura de algunos libros, cuyo carácter intelectual contrastaba con la otra vertiente, esencialmente física, de mi existencia. Fue más o menos en esta época cuando leí gran parte de la obra de diversos autores, entre los que destacaré aquí a Balzac, Musset, Baudelaire y Proust.

  Al darme cuenta de que aquella forma de vida reposaba sobre bases frágiles, sentía una grave preocupación por mi futuro. De no ser por ese factor, esta rica existencia en acción me hubiera satisfecho plenamente, porque, al igual que hoy en día, pensaba que una actividad no es más noble por el hecho de ser más lucrativa. Además, el dinero es sucio y, a su paso, lo mancha todo. Entonces, y actualmente, lo que más me importaba era la acción y no su precio; porque la acción, en sí misma, posee un valor.
(...)
   Mi vida no ha sido más que un largo y delicado equilibrio entre la acción gratuita, que correspondía al ideal de mi juventud, y la honorable prostitución, que aseguraba mi pan cotidiano. ¿Qué espíritu vulgar puede pretender que la prostitución útil valga más que las hazañas gratuitas? Por otro lado, aparte de las sociedades primitivas, en las que cada actitud encuentra su razón en el instinto de conservación de la especie, ¿en qué consiste realmente una acción útil? Si, a fin de olvidar el vacío de su existencia, hay muchos que se emborrachan de palabras, y hablan de su «misión» o de su «papel» o de su «utilidad social», lo cierto es que todas estas palabras son convencionales y carecen de sentido. En nuestro mundo anárquico y superpoblado, ¿cuántos pueden enorgullecerse de ser realmente útiles? ¿Son útiles los millones de intermediarios que con sus títulos de honorabilidad entorpecen la marcha de la economía? ¿O los millones de chupatintas condecorados, titulares de canonjías que arruinan al Estado y paralizan la administración, y los millones de taberneros, cronistas, abogados y charlatanes que, mañana mismo, podrían ser suprimidos en bien de todos? ¿Y son útiles los médicos que, en las grandes ciudades, se disputan la clientela como perros hambrientos, mientras por todo el mundo hay hombres que mueren faltos de cuidados? En este siglo, en el que cien veces se ha demostrado que la organización racional permite reducir bastante el número de hombres necesarios en cada tarea, ¿cuántos pueden asegurar que son una de las ruedas verdaderamente útiles para la gran máquina del mundo?

   Al terminar el invierno de 1941, comprendí que los frágiles cimientos de mi libre y maravillosa existencia se hacían más inestables cada día. Era evidente que, a pesar de su inmensa bondad, mi madre no podía mantenerme siempre como si yo fuera un caballo de pura raza. Fue entonces cuando llegó a mis manos una cuerda salvadora."

miércoles, 24 de julio de 2019

UN SACO DE CANICAS, de Joseph Joffo

UN SACO DE CANICAS, de Joseph Joffo

"Mi abuelo no era de los que dejan que maten a sus amigos con los brazos cruzados.

  Por la noche se quitaba su hermosa bata rameada, bajaba a la bodega, y a la luz de una linterna sorda se ponía unas botas y un traje de mujik. Luego se escupía en las manos, las frotaba contra el muro, y se las pasaba por la cara. Entonces, negro de polvo y de hollín se iba solo y de noche hacia el barrio de los cuarteles y las tabernas frecuentadas por los soldados. Acechaba en la oscuridad, y cuando veía a tres o cuatro, sin prisa y sin cólera, con el alma pura del justo, los mataba golpeándoles la cabeza contra la pared, y luego, volvía a su casa satisfecho, canturreando una canción yiddish.

  Pero más tarde las matanzas se intensificaron y el abuelo comprendió que sus expediciones de castigo habían dejado de ser eficaces, y renunció a ellas a disgusto. Convocó a la familia y les anunció con tristeza que resultaba imposible que él solo se cargara a los tres batallones que el zar había enviado a la región.

  Así que había que huir, y deprisa.

  El resto de la historia es una animada y pintoresca cabalgata a través de Europa, Rumanía, Hungría, Alemania, donde se sucedieron las noches de tormenta, las juergas, las risas, las lágrimas y la muerte.

  Aquella noche nosotros escuchamos como siempre: con la boca abierta. Los doce años de Maurice no le impedían estar fascinado.

La lámpara formaba sombras en la tapicería, y los brazos de papá se agitaban en el techo. Las paredes se poblaban de fugitivos, de mujeres aterrorizadas, de niños temblorosos, con ojos de sombra inquieta, abandonaban aldeas sombrías y lluviosas, de arquitectura retorcida, un infierno de pasados tortuosos y de estepas glaciales, y luego, un buen día, pasaban una última frontera. Entonces el cielo se despejaba, y la procesión descubría una bella llanura bajo un sol tibio, había cantos de pájaros, campos de trigo, árboles, y un pueblecito muy claro, con tejados rojos y la torre de un campanario, y ancianas con delantales sentadas en sillas, muy amables.

  En la casa más grande había una inscripción: «Libertad-Igualdad-Fraternidad». Entonces todos los fugitivos dejaban sus fardos y desenganchaban las carretas, y el miedo se desvanecía en sus ojos, porque sabían que habían llegado.

  Francia.

  Siempre he creído que el amor de los franceses hacia su país no tiene gracia, es tan comprensible, tan natural, no tiene problema, pero yo sé que nunca nadie ha amado tanto a este país como mi padre, que nació a ocho mil kilómetros de él.

  Como los hijos de maestro de los inicios de la enseñanza laica, gratuita y obligatoria, desde la más tierna edad recibí una cantidad inconmensurable de discursos-sermones en los que instrucción cívica, moral y amor al país se mezclaban a porfía.

  Nunca pasé por delante del ayuntamiento del distrito XIX sin que su mano apretara un poco la mía. Con la cabeza señalaba las letras en el frontón del edificio.

  —¿Sabes lo que significan estas palabras?

  Yo aprendí a leer muy pronto, a los cinco años ya leía las tres palabras.

  —Eso es, Joseph, eso es. Y mientras sigan escritas ahí, quiere decir que podemos estar tranquilos.

  Era verdad que estábamos tranquilos, que lo habíamos estado. Una noche, en la mesa, cuando llegaron los alemanes, mi madre preguntó:

  —¿No crees que vamos a tener problemas ahora que ellos han llegado?

  Ya sabíamos lo que Hitler había hecho en Alemania, en Austria, en Checoslovaquia, en Polonia, por allí las leyes raciales marchaban a todo tren. Mi madre era rusa, y también debía la libertad a documentos falsos, había vivido la pesadilla pero no tenía el hermoso optimismo de mi padre.

  Yo lavaba los platos y Maurice los secaba. Albert y Henri arreglaban la peluquería, les oíamos reír a través de la pared.

  Papá hizo su gran gesto apaciguador, su gesto de actor de la Comedia Francesa.

  —No, aquí no, en Francia no. Nunca jamás."
Resultado de imagen de Joseph Joffo

EL FRENTE DE ASTURIAS SE PIERDE, OCTUBRE DE 1937. YO FUI PILOTO DE CAZA ROJO, de Francisco Tarazona

EL FRENTE DE ASTURIAS SE PIERDE, OCTUBRE  DE 1937. YO FUI PILOTO DE CAZA ROJO, de Francisco Tarazona 

    "Esto es un caos: el Norte se derrumba. Gijón está atestada de heridos, y las carreteras, repletas de soldados en retirada, la mayoría muertos de cansancio y con los nervios deshechos. Todo lo han soportado: bombardeos, ametrallamientos, emboscadas; todo les ha faltado: artillería, apoyo aéreo, atención médica, alimentos, y, sobre todo, esperanza.

     Estoy con Churi. Siente la tragedia desde hace ya algún tiempo, pero no se había atrevido a decírmelo. Hoy lo hace porque nota que mis palabras son falsas, y todo mi optimismo, simulado. Ya para irme, llora. Se tragó las lágrimas mientras estuvo conmigo, como si yo las pudiera entender como un reproche. Tengo remordimiento; he sido un egoísta; he gozado de la paz que ella me ha dado, sin pensar en la soledad en que se quedará. Porque no nos volveremos a ver. Hoy casi no hablé; ella lo dijo todo. A pesar de sus dieciséis años, en sus palabras hubo amargura. Y, de esa amargura, yo tengo parte de culpa. Nos despedimos como si nos hubiéramos dicho todo lo que puede decirse entre una mujer y un hombre. Al regresar al campo, siento que he envejecido."

martes, 23 de julio de 2019

EL VIAJE, SEGUN TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

EL VIAJE, SEGUN TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

    "Estuve viviendo como un simple mestizo. Viajaba en camiones haciendo autoestop, dormía en las cabañas y compartía la existencia de los indios dedicándome a recorrer las regiones del sur del país para acabar de rodar el reportaje que había empezado en los poblados quechuas. A partir de ese momento experimenté una verdadera pasión por captar la vida en toda su violencia o toda su poesía. Al buscar las imágenes de mayor fuerza, al analizar los acontecimientos para obtener su síntesis, la acuidad de mis sentidos se multiplicaba por diez; la belleza y el encanto de las cosas adquirían una intensidad mayor que nunca."
Expedicion del Jannu

lunes, 22 de julio de 2019

REFUGIADOS ESPAÑOLES. QUICO SABATE, de Pilar Eyre

REFUGIADOS ESPAÑOLES. QUICO SABATE,  de Pilar Eyre

    «¡Huid y no volváis! ¡Dejadnos y no volváis!». Así les grita el diario Arriba al medio millón de refugiados que se han ido de España al finalizar la Guerra Civil: «No volváis». Muchos años después, cincuenta y ocho exactamente, Carmen Guallar, que huyó de España en aquella época y que ahora vive en Mont de Marsan, explica para este libro, con voz todavía trémula de desconsuelo: «Irnos, irnos de nuestro país, como si sólo ellos fueran españoles… Dejar nuestra lengua, nuestra familia, las fotos, los libros, los amigos de la infancia… Escaparnos como si hubiéramos hecho algo malo, sentirnos avergonzados por ser refugiados, tener que estar agradecidos todavía por un metro cuadrado de un suelo lleno de barro en un campo de concentración, tener que ganarte la vida fregando o como obrera manual, sólo te dejan los trabajos más pesados… Y así un día tras otro, años. Que mueran tus padres sin poder cerrarles los ojos. Tus hijos, que son franceses, se cansan de oírte hablar siempre de España… Quien no ha conocido el exilio no ha conocido lo triste que puede ser la vida».
7000 soldados republicanos con solo cuatro cañones, resistieron durante dos meses a un ejército de 14000 hombres con treinta cañones que además contaba con un fuerte apoyo aéreo. El Esquinazau ordenó la retirada por los viejos caminos de paso a Francia a través de los collados pirenaicos el 9 de junio de 1930. La evacuación acabo el 16 de junio de 1938.


viernes, 19 de julio de 2019

SOLEDAD EN LA SELVA. CONQUISTA DE LO INÚTIL, de Werner Herzog

SOLEDAD EN LA SELVA. CONQUISTA DE LO INÚTIL, de Werner Herzog

    "En la noche he terminado de leer un libro, y como me sentía muy solo, lo he enterrado en la linde de la selva con una pala prestada"

jueves, 18 de julio de 2019

LA HISTORIA SIGUIENTE, de Cees Nooteboom

LA HISTORIA SIGUIENTE, de Cees Nooteboom 

    "Cuando está solo, la multitud se convierte en un enigma para él, entre los otros ya no se conoce a sí mismo. ¿Quiénes son? ¿Conoce su máscara?"



martes, 16 de julio de 2019

LA GUERRA DE TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

LA GUERRA DE TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray


  "Otra experiencia interesante es la que viví junto a Michel Chevalier, a unos cien metros de la cumbre de la punta de Charbonnel. Con sus 3751 metros, este pico es el punto culminante del macizo. Sin ser realmente una cima difícil, todas sus vertientes son escarpadas y, en invierno, sólo se puede ascender a ella cuando no existe ningún riesgo de aludes.

  Uno de esos días sublimes en los que la montaña resplandece como una joya bajo los afilados rayos de sol, habíamos subido por un estrecho corredor de nieve dura y, a unos cien metros de la cumbre, excavamos en la pendiente una gruta lo bastante amplia como para instalarnos en ella confortablemente. Gracias a esta especie de iglú, íbamos a poder permanecer en esta atalaya durante dos días enteros y observar atentamente los movimientos de los alemanes que, al otro lado del valle de Ribon, acababan de instalarse en el Col de Rousse. Se había previsto un ataque contra esta nueva posición y la Punta Charbonnel era prácticamente el único observatorio desde el cual era posible estudiar discretamente el escenario de la batalla. Teníamos que averiguar con cuántas fuerzas contaba el enemigo, el emplazamiento de los posibles campos de minas y los lugares que ocupaban los centinelas.

  Después de la primera noche en la gruta, Faure y Laurenceau, que habían venido solamente a ayudarnos a excavar, nos dejaron solos en aquella montaña. El cielo seguía siendo de un azul inmaculado y el viento estaba totalmente en calma. A pesar del intenso frío, pasamos el día mirando con los prismáticos. Cuando llegó la noche, perfectamente acomodados en nuestro abrigo y acostados sobre colchones neumáticos, nos dormimos plácidamente no sin antes rendir los honores pertinentes a una copiosa cena. Cuando, hacia las siete de la mañana, retiré la lona que cubría el agujero de nuestra morada, recibí en toda la cara un montón de nieve. El tiempo había cambiado durante la noche y había caído una capa de veinte centímetros de nieve reciente, la misma que casi me sepulta.

  No cesaba de nevar y caían gruesos copos de nieve húmeda. En estas condiciones era imposible bajar el inclinado corredor, que habíamos utilizado para subir, sin desencadenar un alud; podía decirse que estábamos bloqueados en nuestra gruta. La situación no habría revestido ninguna gravedad si hubiésemos tenido víveres en cantidad, pero estaba previsto que nuestra misión acabara ese mismo día y no nos quedaba prácticamente nada para comer. No parecía que el tiempo fuera a cambiar; la capa de nieve no dejaba de aumentar y ningún signo permitía pensar que el alud fuera a desencadenarse voluntariamente. Sin ser trágica, nuestra situación era muy preocupante. A mediodía, más o menos, dejó de nevar y la temperatura fue subiendo poco a poco, aumentando la inestabilidad de la capa de nieve caída durante la noche. El aburrimiento y el hambre empezaban a hacer mella en mí y decidí recurrir a un método audaz, pero que ya había utilizado en otras ocasiones. Me puse los esquís, me dirigí hacia la derecha y atravesé una rampa, no muy inclinada, de unos cuantos metros. Llegué así al extremo del corredor que se perdía cuesta abajo en el valle de Vincendière. Me había dado cuenta de que al otro lado de esta depresión, de unos quince metros de ancho, había una especie de resalte con una cornisa que me serviría de refugio en caso de avalancha. Me di toda la prisa que pude para atravesar en diagonal el corredor sometido a las avalanchas. Tal y como había previsto, los cortes hechos por los esquís sobre la capa de nieve rompieron el inestable equilibrio de ésta y desencadené el alud. Gracias a la velocidad que llevaba, el lapso de tiempo que pasé en el corredor fue más breve del que necesitó la nieve para rasgarse y conseguí llegar a la cresta que me servía de refugio antes de ser arrastrado por la nieve. Una vez limpia la rampa de la capa inestable, no tendríamos más que deslizamos haciendo virajes sobre la nieve dura y lisa que teníamos a nuestros pies.

  El éxito de este método, que utilicé dos o tres veces en mi vida y que no recomiendo a nadie, evidentemente, depende del tipo de nieve y de la inclinación del terreno. Es indispensable alcanzar cierta velocidad en el momento de la ruptura de la capa superficial de nieve y tener la certidumbre de encontrar un poco más lejos un lugar seguro. A pesar de las apariencias, este ejercicio es más impresionante que realmente peligroso cuando es utilizado por un buen esquiador en un terreno favorable.

  Durante esta guerra en los Alpes, pasé el invierno y la primavera yendo de una montaña a otra y recorriéndolas en todos los sentidos, a altitudes que podían variar de los 1500 a los 3000 metros o incluso más. Los imperativos de la táctica militar nos obligaban a veces a cumplir misiones en condiciones meteorológicas o de nieve con las que no habríamos salido nunca en circunstancias normales. Hubiéramos podido abusar de la buena fe de nuestros oficiales y haberles convencido de que algunas de las misiones eran técnicamente imposibles y no habrían podido contradecirnos. Pero siempre jugamos limpio y, en más de una ocasión, cruzamos rampas en las que la capa de nieve estaba próxima a su punto de fractura. Un par de veces me vi envuelto en aludes importantes. La primera vez bajé cuatrocientos metros arrastrado por la bola de nieve y sólo pude salir airoso del lance porque tuve la suerte de perder los esquís y encontrarme en la parte superior del torbellino de nieve cuando se detuvo, al fin, en un lugar casi llano. En la segunda conseguí escaparme lanzándome a tumba abierta hacia un pequeño bosque en el que pude refugiarme. Desgraciadamente, uno de mis compañeros, que esquiaba peor que yo, resultó muerto.

  No hay mucha gente que frecuente la alta montaña cuando está cubierta de nieve. En esta época, el esquí se practica en pistas a baja altitud, y solamente en primavera, cuando las condiciones de la nieve son más favorables, es cuando los adeptos del esquí de travesía se aventuran a subir montañas.

  La mayoría de nuestros oficiales conocía muy mal los problemas de la montaña invernal y, en algunos casos, puede decirse que no tenía ni idea. Casi todas las misiones que nos encomendaban y que, con riesgos evidentes, cumplía con mi grupo o mi sección, carecían de toda utilidad real desde el punto de vista de la estrategia de la guerra… A pesar de ello, y siempre que las posibilidades de éxito me parecían alcanzables, solía presentarme voluntario. La mayor parte de mis compañeros no se hacía tampoco muchas más ilusiones que yo sobre la utilidad de nuestras misiones, pero actuaba de la misma manera. La guerra en la montaña no era para mí más que un juego, pero al igual que hacía con mis otros juegos en la montaña, lo disputaba hasta los límites de mis capacidades y de mi valor.

  La multitud de aventuras realizadas y el hecho de tocar con frecuencia la delgada línea que separa la seguridad y el peligro, línea que muchos transforman en una margen amplia, me permitieron adquirir una gran experiencia en la montaña invernal y en los aludes que muy pocos montañeros tuvieron ocasión de acumular.

  La ciencia que estudia la nieve se compone de datos técnicos relativamente precisos, que todo el mundo puede aprender en un manual, y de una especie de sexto sentido, formado a su vez por una aptitud natural y el almacenamiento de observaciones registradas más por el subconsciente que por la memoria propiamente dicha.

  A lo largo de aquel invierno, aprendí más sobre el comportamiento de la nieve que durante el resto de mi vida y, sin embargo, bien sabe Dios que en mis tiempos jóvenes frecuentaba imprudentemente las laderas peligrosas.

  En nombre de esta experiencia, muchos años más tarde —con motivo de un drama sobre el que prefiero no extenderme, pues fue para mí penoso hasta el punto de que me hizo cuestionar la idea que, hasta entonces, me había hecho de la solidaridad que existe entre montañeros e incluso entre los seres humanos— no dudé en levantar mi voz contra la incompetencia o la falta de valor de algunas personas, a pesar de todos los problemas a los que me exponía al hacerlo.
(...)
Para disparar unas ráfagas de metralleta sobre los supervivientes de un ejército cansado por cinco años de guerra, los oficiales del frente de los Alpes hicieron correr a sus hombres peligros mucho más serios que los que el Mont Blanc presentaba a principios de 1957."
Pico Charbonnel

lunes, 15 de julio de 2019

QUIEN SABE ESCUCHAR A UN ÁRBOL. EL CAMINANTE, de Herman Hesse

QUIEN SABE ESCUCHAR A UN ÁRBOL. EL CAMINANTE, de Herman Hesse 

    "Nada hay más ejemplar y más santo que un árbol hermoso y fuerte. Cuando se ha talado un árbol y éste muestra al mundo su herida mortal, en la clara circunferencia de su cepa y monumento puede leerse toda su historia: en los cercos y deformaciones están descritos con fidelidad todo el sufrimiento, toda la lucha, todas las enfermedades, toda la dicha y prosperidad, los años flacos y los años frondosos, los ataques superados y las tormentas sobrevividas. Y cualquier campesino joven sabe que la madera más dura y noble tiene los cercos más estrechos, que en lo alto de las montañas y en peligro constante crecen los troncos más fuertes, ejemplares e indestructibles.

    Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas, predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.

    Un árbol dice: en mí se oculta un núcleo, una chispa, un pensamiento, soy vida de la vida eterna. Es única la tentativa y la creación que ha osado en mí la Madre eterna, única es mi forma y únicas las vetas de mi piel, único el juego más insignificante de las hojas de mi copa y la más pequeña cicatriz de mi corteza. Mi misión es dar forma y presentar lo eterno en mis marcas singulares.

    Un árbol dice: mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de los miles de retoños que todos los años provienen de mí. Vivo, hasta el fin, el secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Confío en que Dios está en mí. Confío en que mi tarea es sagrada. Y vivo de esta confianza.

    Cuando estamos tristes y apenas podemos soportar la vida, un árbol puede hablarnos así: ¡Estate quieto! ¡Estate quieto! ¡Contémplame! La vida no es fácil, la vida no es difícil. Estos son pensamientos infantiles. Deja que Dios hable dentro de ti y en seguida enmudecerán. Estás triste porque tu camino te aparta de la madre y de la patria. Pero cada paso y cada día te acerca más a la madre. La patria no está aquí ni allí. La patria está en tu interior, o en ninguna parte.
(...)
    Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es. Esto es la patria. Esto es la felicidad."

miércoles, 3 de julio de 2019

LA OPRESIÓN. EL FIN DE LA ESPERANZA, de Juan Hermanos

LA OPRESIÓN. EL FIN DE LA ESPERANZA, de Juan Hermanos 

    "Uno y otro día las ideas democráticas eran deformadas, ridiculizadas en la prensa y en las cátedras de la Universidad. Se jugaba con las palabras. Libertad, igual a libertinaje. La libertad en España es la voluntad de Franco; él está encargado por Dios y por el destino de asumir la voluntad de su pueblo, mientras que el deseo de los obreros de conseguir la felicidad es puro libertinaje. He ahí por qué se ha organizado la comedia del sindicalismo falangista. Con el fin de que los obreros no se extravíen y no confundan la libertad con el desorden, los representantes son nombrados por el gobierno. La corrupción organizada, las riquezas desigualmente distribuidas, el abandono de las democracias, el miedo acumulado durante años hicieron de nosotros seres sin confianza, llenos todavía de ganas de luchar, pero sin un amigo para sostenernos, sin un resplandor para guiarnos. La fe sobrevive, está en nosotros, en nuestra noche interior, dispuesta a surgir, pero nada ayuda a su impulso. 

    El interés del pueblo es claramente opuesto al del gobierno. Cuanto más pierde el país más gana el enemigo. Todo el mundo lo sabe. Nadie puede nada contra esto. Todos lo aceptan, hasta mis adolescentes compañeros. Los jóvenes revolucionarios de hoy se preguntan, también, si hay otra solución que el renunciamiento. Esto es lo más grave. En tal estado de ánimo nos hallamos."

martes, 2 de julio de 2019

EL CAMINANTE, de Herman Hesse

EL CAMINANTE, de Herman Hesse

    "Dibujo la casa en mi libreta de apuntes, y mis ojos se despiden del tejado alemán, de las viguerías y frontones alemanes, de muchas cosas íntimas y familiares. Una vez más siento un amor intensificado por todo lo patrio, porque se trata de una despedida. Mañana amaré otros tejados, otras cabañas. No dejaré aquí mi corazón, como se dice en las cartas de amor. Oh, no, el corazón lo llevaré conmigo, también lo necesito en las montañas, y a todas horas. Porque soy nómada, no campesino. Soy un amante de la infidelidad, del cambio, de la fantasía. No me seduce encadenar mi amor a una franja de tierra. Todo cuanto amamos sigue siendo sólo un símil para mí. Cuando nuestro amor se detiene y se convierte en fidelidad y virtud, me resulta sospechoso."
La imagen puede contener: cielo y exterior
Pintura de Herman Hesse para el libro

jueves, 27 de junio de 2019

[CUENTO SIN TITULO], ROJO Y GRIS, de Luisa Carnes

[CUENTO SIN TITULO], ROJO Y GRIS, de Luisa Carnes

    "...Del olivo, riqueza del rico, esperanza del pobre; pan y canto; anhelo y temor; vida y muerte para quien de ella se sustenta..."

viernes, 21 de junio de 2019

EL BOMBARDEO DE GIJÓN. YO FUI PILOTO DE CAZA, de Francisco Tarazona

EL BOMBARDEO DE GIJÓN. YO FUI PILOTO DE CAZA ROJO,  de Francisco Tarazona

    "...De pronto veo claro; salvarme y salvar el avión. Me escabullo, entro en cañadas, me oculto tras el menor accidente de terreno, vuelo aún más bajo que las copas de los árboles, al máximo de velocidad que un mínimo de prudencia permite. Me deslizo por entre los majestuosos acantilados hasta que logro alcanzar el mar y me dejo caer sobre él. Nivelo el caza apenas a un metro de la superficie. Miro atrás, arriba, esperando en cualquier momento ver salir una figura quimérica con sus garras amenazadoras y las fauces abiertas vomitando fuego. Pero no me persigue nadie. ¡Qué miedo he pasado!

    Comienzo a ganar altitud; a poco de hacerlo, veo el resultado del bombardeo de Gijón. Grandes llamaradas enrojecen el horizonte. Encima del rojo vivo de las llamas, un humo denso. Humo negro de gasolina quemada, de aceite ardiendo, de las casas convertidas en hogueras, de la dinamita que estalló fieramente. En medio de toda esta monstruosidad, es como si viera la sangre derramada y oyera los gritos furiosos de la impotencia, de la locura. ¡Y la radio fascista dice que sólo son atacados los objetivos militares…! Gijón, lleno de gente hambrienta, aterrada, desmoralizada, yace a las puertas de un frente que se viene abajo, sin fe. Me olvido de mí pensando en la pobre gente del puerto, de la ciudad. El soldado es, hasta cierto punto, dueño de escoger su muerte. El elemento civil no tiene más remedio que encogerse y esperar a que pase el horror."

    Algunas fotos del frente de Asturias en este enlace

jueves, 20 de junio de 2019

LA SELVA AMAZÓNICA. CONQUISTA DE LO INÚTIL, de Werner Herzog

LA SELVA AMAZÓNICA. CONQUISTA DE LO INÚTIL, de Werner Herzog

   "En la guarnición abandonada de Borja, más abajo de los rápidos un soldado indígena leía a Clausewitz en traducción española. En pleno pongo el motor se nos han muerto dos veces porque los golpes del oleaje han arrancado el tanque de gasolina. La primera vez, la lancha ha chocado violentamente contra las rocas después de quedar a la deriva por falta de propulsión. El nivel de agua del pongo está subiendo y es casi inimaginable que el barco grande de madera con los barriles de gasolina pueda pasar por allí. Todavía aturdido por el poder y la furia monstruosa de los rápidos, lo primero que he hecho en la guarnición de Pinglo ha sido lavarme el pelo, los últimos días lo he llevado muy desgreñado.

    En el río Santiago hemos topado con el cadáver de un soldado fusilado; flotaba de espaldas, hinchado, con las rodillas y los codos doblados, parecía que estuviera levantando las manos. Los pájaros ya le habían arrancado los ojos a picotazos y le habían comido una parte de la cara. El comandante ha aconsejado que lo dejáramos seguir su camino para evitar problemas, río abajo ya se harían cargo de él. Le ha dado al nadador un suave golpe con la bota y este ha girado lentamente sobre sí mismo, luego se lo ha llevado la corriente.

    Hemos llegado a Santa María de Nieva por la tarde, con las últimas luces. En algún momento de la travesía, la lancha ha encallado en tierra y la hélice se ha roto. Mientras la cambiábamos, amarrados a la orilla, los indios nos observaban desde las chozas cercanas a través de las ramas de los árboles. Permanecían mudos y quietos y así es como los hemos perdido de vista al remontar. En Nieva Jaime de Aguilar nos ha mostrado oro en polvo que había guardado esmeradamente en papel de carta. El comandante de Pinglo hace que cientos de sus reclutas indígenas laven oro para él en el río Santiago, y ya tienen 65 botellas de cerveza llenas de oro en polvo. He visto soldados adolescentes trabajando en un banco de arena"

miércoles, 19 de junio de 2019

LOS VIEJOS CAMINOS, de Robert Macfarlane

LOS VIEJOS CAMINOS, de Robert Macfarlane

    "El paisaje cercano lo consolaba tanto como a otros les consuela la religión o la música"

martes, 18 de junio de 2019

ESPAÑOLES Y CATALANES EN LA GUERRA CIVIL. YO FUI PILOTO DE CAZA ROJO, de Francisco Tarazona

ESPAÑOLES Y CATALANES EN LA GUERRA CIVIL. YO FUI PILOTO DE CAZA ROJO, de Francisco Tarazona

    "Un soldado toca a la puerta avisando que ya es la hora convenida. Miro el reloj; las 04:30 h. Apenas he cerrado los ojos.

    Bravo está igual.

    Levanto a los demás pilotos. Echo de menos a varios sobre todo a Yuste.

    —Nos vamos a Cataluña —les dice Bravo—. Ya sé que a muchos no les gusta… Por eso quiero escoger los que prefieran dar el salto.

    Parece incongruente, pero así es en la realidad. Cataluña es para muchos pilotos un foco de descontento perenne. Les molesta ir a luchar allá, porque creen que los catalanes, con sus luchas internas y con el separatismo de siempre, socavan la resistencia de la República. No obstante, la mayoría la conceptuamos un pedazo más de la sangrante España.

    Después de la pequeña arenga de José María, nadie chista. Todos están de acuerdo en ir y luchar donde se les llame.

    Vascos, catalanes, valencianos, andaluces… Toda España va a estar representada en esa avanzada de fuego. Toda España responde a la llamada de la sangre, de los antepasados.

    ¡Se ha cruzado el Ebro! Parece una operación de gran envergadura. Militar y políticamente. ¿Qué dirá el extranjero ahora? Si la ofensiva es un triunfo para las armas republicanas, entonces puede venir el aplastamiento de los insurrectos. Luego, a encauzar todas las ideas y unir todos los esfuerzos para curar a España de sus eternos males."

lunes, 17 de junio de 2019

SOLOS EN LA MONTAÑA. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

SOLOS EN LA MONTAÑA. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

    "...nosotros estábamos solos en la montaña. Nos invadía un silencio mineral. En medio de aquella paz, sentí confusamente que en adelante nada me importaría tanto como estos puntos de la tierra, llenos de grandiosidad y pureza; esas regiones en las que cada rincón reserva la promesa de unas horas exaltantes."

jueves, 13 de junio de 2019

HACERSE MAYORES. WINESBURG, OHIO, de Sherwood Anderson

HACERSE MAYORES. WINESBURG, OHIO, de Sherwood Anderson 

    "De ese modo bajaron por la pendiente. En la oscuridad juguetearon como dos seres jóvenes y espléndidos en un mundo joven. Una vez, Helen le puso la zancadilla a George y éste cayó al suelo. Gritó y se retorció. Desternillándose de risa, rodó pendiente abajo. Helen corrió tras él. Por un instante, se detuvo en la oscuridad. Es imposible saber qué pensamientos femeninos cruzaron por su imaginación, pero cuando llegaron al pie de la colina y ella lo alcanzó, lo cogió del brazo y anduvo a su lado en actitud muy digna y silenciosa. Por alguna razón, no podrían haber explicado que ambos habían sacado lo que necesitaban de aquella tarde que habían pasado juntos. Hombre o muchacho, mujer o niña, habían aprehendido por un instante aquello que hace posible en el mundo moderno la vida de los hombres y las mujeres que han alcanzado la edad madura."

miércoles, 12 de junio de 2019

EL SOLDADO HERIDO. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

EL SOLDADO HERIDO. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo 

"Me vuelvo y hablo con el enfermero. Le pregunto qué le ocurrió al soldado vietnamita. El enfermero me dice que le han herido el brazo izquierdo, ambas piernas, el estómago y la cabeza. Se supone que morirá dentro de uno o dos días. El marine es menos afortunado:

—Probablemente pasará el resto de su vida así, como un vegetal —me explica el enfermero.


Instantes después, casi como si tratara de contradecir el pronóstico, el marine comienza a sacudirse y a emitir un extraño ruido, una especie de rugido gorgoteante. Casi de inmediato oigo un sonido semejante al de un tallo de apio seco mordido. En su espasmo, el marine ha apretado las mandíbulas contra el termómetro. Intenta tragarlo.


—¡Hijo de puta! —exclama el enfermero.


El enfermero corre y extrae el termómetro aplastado de la boca del marine. Éste se convulsiona violentamente, los frascos oscilan en la percha mientras el enfermero saca de su botiquín una ampolla de Syrette. Frota con alcohol el musculoso brazo del marine y le inyecta el sedante.


—Tranquilo, tranquilo —murmura mientras lo sujeta—. Tranquilo, tranquilo. A partir de ahora te pondremos un termómetro rectal. Te lo daremos por el culo antes de que te mates.


El sedante comienza a hacer efecto. Los espasmos del marine remiten, los gruñidos se convierten en una sucesión de gemidos y finalmente se tranquiliza."
Resultado de imagen de heridos in vietnam

martes, 11 de junio de 2019

ULTIMOS COMBATES ALPINOS DE LA RESISTENCIA FRANCESA. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

ULTIMOS COMBATES ALPINOS DE LA RESISTENCIA FRANCESA. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

  "Esta batalla de Clairy, en la que yo fui más un espectador que un combatiente, me causó una profunda impresión y cuando volví a bajar al valle, a través de los tranquilos bosques, me sentí descorazonado.

  La primavera comenzaba a teñir de verde los prados, salpicados del amarillo de los narcisos. El aire estaba saturado de un olor que evocaba la paz y el amor. Al caminar por este decorado poético, era consciente de que el infierno en el que tantos hombres habían perdido inútilmente su vida no tenía nada que ver con el juego en el que había participado con entusiasmo durante los meses de invierno. Fue como si todo lo abominable que puede tener una guerra se me revelara de golpe.

  Frente a la temeridad que suelen demostrar algunos alpinistas jóvenes, la mayoría de origen alemán, muchos montañeros franceses suelen decir: «Están en fuera de juego: el alpinismo no es la guerra». Sin embargo, no se puede negar que el alpinismo es para muchos un medio de canalizar esos deseos de lucha que anidan en el fondo del corazón del ser humano desde el principio de los tiempos y cuya satisfacción no facilita en absoluto la vida moderna. Yo también soy como ellos; es probable que si hubiera nacido siglos antes habría sido soldado o corsario, y quizá el alpinismo representó para mí una especie de combate.

  Sea lo que fuere, la guerra me pareció durante cinco meses una nueva forma de alpinismo, aunque este combate no tenía nada en común con la guerra que acababa de ver. Lejos de elevar al hombre por encima de la materia, gracias a sus virtudes físicas y morales, lo reducía a una especie de animal acorralado por las fuerzas ciegas del hierro y del fuego. No, el alpinismo no es la guerra, puesto que ésta no es más que un gigantesco asesinato. Algunos criticaron con vehemencia la pertinencia de estos sangrientos ataques, lanzados cuando ya no había ninguna duda sobre la manera en que la guerra acabaría.

  Sin pretender arrogarme la calidad de juez y si la ambición de algunos mandos inclinó con toda seguridad la balanza, estoy convencido de que la mayoría de los generales que decidieron las ofensivas de los Alpes y, las más inútiles todavía, contra las «bolsas de resistencia del Atlántico», sólo lo hizo por patriotismo. Ahora bien, con la amplitud de miras que permite el paso del tiempo, me parece que los sacrificios superaron con creces los resultados perseguidos.

  Jacques Boell, oficial en la reserva y patriota indiscutible, finaliza su libro a la gloria de los combatientes de los Alpes con palabras que evocan la duda y la incertidumbre: «Sí, debo confesarlo. Siempre fui presa de una duda: todos esos jóvenes abatidos, todos esos mutilados, tanto sufrimiento en aquel montón de esquistos… ¿Eran realmente indispensables un mes antes del final de la guerra?».

  Pensando en quienes tienen que llevar este peso en la conciencia, comprendo que el sacrificio parece que no guarda ninguna relación con el resultado. Pero había que actuar o, al menos, intentarlo. Hacía falta que, por honor, el país acabase por liberar él mismo su propio suelo (en Alsacia, en los Alpes y en las costas del Atlántico). Nuestros ataques tenían que atraer al mayor número de fuerzas enemigas para que no actuasen en las llanuras italianas. También, y por encima de todo, era preciso que en el momento de la firma del tratado de paz, nuestros superiores pudiesen decir:

  «La paz en Francia necesita un muro de defensa, una zona de seguridad y ésa está situada en los Alpes. Nadie puede negarse a ceder este inhóspito territorio por el cual tantos jóvenes legaron generosamente sus vidas. Rectifiquen la frontera en el Mont-Cenis, en Chaberton, en el Saint-Bernard, en Vésubie, en Tende y en La Brigue».

  Mientras pienso en todo esto, creo sentir a mi alrededor la presencia entrañable de todos nuestros mártires y oigo un murmullo que parece decir: «No, no habremos muerto por nada si hemos conseguido aportar un poco de seguridad a nuestra patria».

  Justificar tanto dolor y tanta sangre con sentimientos tan nobles me parece que ha perdido casi todo su valor en la actualidad. ¡Que cada cual juzgue según su conciencia!"
Paso del Mont Sant Cenis, y uno de sus fuertes en primer termino


lunes, 10 de junio de 2019

LA EJECUCIÓN DE LOS CHAVALES. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

LA EJECUCIÓN DE LOS CHAVALES. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL,  de Lionel Terray 

    "Había ido con mi grupo para ayudar a un contingente de Garibaldini que acababa de enfrentarse a una compañía de las SS. Pero como llegamos al final del combate, nuestra intervención no influyó en el resultado. Todos los alemanes habían muerto en la lucha o habían sido fusilados. Entre los prisioneros, los partisanos habían encontrado a dos muchachos de entre doce y catorce años. Eran, al parecer, hijos de un oficial de los camisas negras que, perseguidos, fueron a buscar refugio en las SS. Cuando llegué, estos dos desgraciados, víctimas de la locura del mundo, acababan de ser entregados al furor histérico de algunas arpías que les tiraban de los pelos, les escupían al rostro y les daban patadas. Sin embargo, ellos lanzaban miradas de ciervo acorralado que hubieran podido enternecer hasta un corazón de piedra. Indignado por aquellas brutalidades impropias de personas que habían estado luchando en nombre de la civilización, empecé a protestar. Algunos hombres morenos, con bigotes y con pañuelos rojos al cuello, y que llevaban en la cintura las suficientes granadas, pistolas y cuchillos como para hacer huir a todo un ejército, me lanzaron duras miradas. Ante su aspecto amenazador, comprendí que no debía mezclarme en sus asuntos. Estos héroes de opereta, tras un largo conciliábulo y sin tener en cuenta para nada mis gritos de indignación, agarraron a los dos muchachos por los hombros, les obligaron a caminar dándoles patadas, les empujaron contra una pared y descargaron sobre ellos sus metralletas. Este asesinato fue tan salvaje y tan rápido que no conseguía creer lo que estaba viendo. Me quedé paralizado ante aquella monstruosidad. Jamás olvidaré los ojos enloquecidos de estas víctimas inocentes.

   Aquel día comprendí que, a pesar del lujo y de las máquinas, el mundo moderno no había salido aún de la barbarie."

LA SOCIEDAD SERBIA Y SUS DELINCUENTES DURANTE LA GUERRA DE BOSNIA. SLOBO, de Francisco Veiga

LA  SOCIEDAD SERBIA Y SUS DELINCUENTES  DURANTE LA GUERRA DE BOSNIA. SLOBO, de Francisco Veiga

    "Muchos no  tenían escrúpulos en pagar con cheques sin fondos que a los pocos días se cubrían con millones de dinares, ya nuevamente devaluados. Era habitual gastar enormes sumas en conferencias telefónicas, que cuando llegaba el recibo correspondiente se abonaban cínicamente con la nueva calderilla millonaria. Lo mismo se hizo con la factura de la energía eléctrica o con el gas. Quien más, quien menos, desvalijaba sin pudor las arcas de los servicios públicos, que en cierta manera devinieron gratuitos. O sobrevivían con negocios imaginativos. Alguno inventó el oficio de «colista»: aquel que se pasaba las noches guardando cola por cuenta de otro, a cambio de dinero. Por ejemplo, para conseguir un visado de viaje para Alemania, ante la embajada.

   Pero, por regla general, la gente trampeaba con negocios más serios, relacionados con el contrabando consentido. Miles de serbios viajaban con frecuencia a Estambul, a Sofía, a Budapest, y compraban todo tipo de bienes que no llegaban hasta Serbia por causa de las sanciones. La venta de esos productos les reportaba lo suficiente como para llegar a final de mes luchando contra la inflación; algunos incluso hacían bastante dinero. Y la sociedad estaba abastecida. Gracias a la floreciente producción agrícola y ganadera, comida no faltaba. La gasolina era más escasa, pero en pleno verano de 1993 el tráfico en Belgrado resultaba notablemente denso. Era el viejo milagro de la supervivencia yugoslava. Al fin y al cabo, tampoco se podía ahorrar, por lo tanto se gastaba hasta el último diñar sin pensar para nada en el mañana. Así fue como la ciudadanía creó por sí misma extensas redes de mercado negro que llevaron a la aparición de una verdadera economía paralela. En torno a los dealers y contrabandistas vivían familias enteras, que a su vez daban de comer a otros, subcontratados. Toda Serbia vivía el día a día de forma imaginativa pero irregular. Lógicamente, florecieron las mafias, mucho más peligrosas que los estraperlistas de ocasión. Además, ya existía una larga tradición. El contrabando entre el laberinto de islas de la costa adriática, los viajes a Italia de albaneses, macedonios o bosnios para pasar cargamentos enteros de café o blue-jeans en los trenes que venían de Trieste, eran viejas costumbres. Hubo mafiosos importantes incluso en tiempos de Tito. Se decía que en los momentos de aguda crisis económica, a finales de los ochenta, el régimen había tolerado y hasta favorecido el contrabando de productos más preciados y peligrosos en aguas del Adriático: cualquier cosa con tal de que entraran divisas en Yugoslavia. 

     Con el derrumbe del socialismo y de la federación se aflojó la autoridad y comenzó a prosperar la ley del más fuerte. En 1993 ya se habían quemado un par de generaciones de mafiosos jóvenes y la edad de las bandas iba descendiendo conforme morían sus hermanos mayores en ajustes de cuentas: en gimnasios, hoteles, restaurantes. Tuvo éxito un documental titulado: Nos vemos en las necrológicas producido por la cadena independiente B-92, dedicado a los pandilleros mafiosos, que gustaban de pasar horas cultivando sus músculos en el gimnasio y después se exhibían conduciendo automóviles deportivos de lujo, pelados al cero, tatuados y vistiendo caros chándals Gucci de fantasiosos estampados. Les encantaba posar dramáticamente en sus propias fotografías. Algunos llevaban todo su capital encima, bajo la forma de pesadas cadenas de oro, gruesas medallas y escapularios, todo superpuesto y colgando del cuello. Cuantas más cadenas y medallas, más poder. Era toda una estética que se complementaba con la música turbo folk, viejas melodías populares pasadas por el sintetizador, incluso con scratching, y cantadas por mujeres de bandera, como Dragana o Ceca, que se acabaría casando con Arkan. [128] El modelo de todos ellos, quién marcó estilo, fue Aleksandar Knezevic, alias Knele, que ya había sido liquidado en marzo de 1992 en su habitación del más lujoso hotel de Belgrado, cinco estrellas: el Hyatt. Una escultura a tamaño natural lo evoca para siempre en su tumba del cementerio principal de la ciudad. Lo inmortalizaron vestido de boxeador, en guardia, los puños apretados. Por cierto, que Knele participó en la gran manifestación del 9 de marzo de 1991.

    Obviamente, los mañosos pandilleros iban armados con automáticas de grueso calibre, pero las nuevas generaciones, verdaderos adolescentes, ya gustaban de exhibir pistolas ametralladoras Skorpion, legendarias armas checas de altísima cadencia de tiro. Y no eran nada selectivos en sus venganzas: para liquidar a un par de rivales, una banda «limpió» todo un restaurante a ráfagas de Skorpion. Debido al enorme tráfico que generaba la guerra de Bosnia, no faltaba nada en el arsenal. Otra leyenda del crimen belgradense, Goran Vukovic, sufrió un atentado contra su coche realizado con misiles antitanque. Y las nuevas generaciones eran rapaces, no compartían nada, no hacían tratos. Más que nunca, su lema eran las tres «p»: «Pistolj, Pajero, Plavusa»: la pistola, una conocida marca de vehículos 4 × 4 y una rubita. 

     La policía estaba desbordada, y cuando podía se los sacaba de encima, les facilitaba la emigración. En el extranjero hacían lo que les daba la gana, ejecutaban sus golpes y sólo regresaban a Serbia a gastar lo robado. A veces también recibían algún encargo, como la eliminación de un exiliado molesto. De todas formas, la Belgrado de 1993 no era un Chicago de película en los locos años veinte. El hábitat natural de los pandilleros era el suburbio de Novi Beograd u otros núcleos del extrarradio y el ambiente de Belgrado era, por regla general, más plácido que el de muchas ciudades occidentales. Además, ya se sabe: a los belgradenses, como a todos los capitalinos del mundo, no les gusta nada enseñar sus miserias. Para alternar, ver y dejarse ver, siempre hubo algunos dinares."

UNA MUJER DE SU CASA. ROJO Y GRIS, de Luisa Carnés

UNA MUJER DE SU CASA. ROJO Y GRIS, de Luisa Carnés 

    "SE casó con un escritor hastiado de mujeres inteligentes, a quien interesó su figura gris, borrosa, su blancura blanda de pescado, las frases de admiración que tenía para los escaparates de las ferreterías en que se exhibía una vajilla completa.

    No se detenía ante las tiendas de modas ni lanzaba miradas oblicuas a las joyerías.


    El escritor, acostumbrado a las mujeres mundanas, se creyó ante una maravilla única y se unió a ella, desoyendo las advertencias de los amigos: «Es una muchacha de lo más vulgar. Nunca será capaz de comprender a un hombre como tú». «¡Bah! Estoy harto de mujeres inteligentes».


    Ella realizó la ilusión de su vida; tuvo una cocina repleta de porcelana y un aparador colmado de loza fina; tuvo un armario que le devolvía frecuentemente su blancura de pescado y su armazón de mujer insignificante, abarrotada de sábanas bordadas, de blanca ropa interior, entre cuyos pliegues se arrugaban manzanas olorosas; tuvo un cuarto de baño igual al modelito infantil que había enfrente de su casa antigua, un gato blanco con un lazo azul ciñéndole el pescuezo, y un pavimento brillante, sobre el que practicaba cada mañana los únicos pasos de baile que conocía su mocedad.


    Era dichosa, y una de sus mayores satisfacciones la experimentaba al abrir el armario y contemplar los cajones henchidos de ropa.


    Solo envidiaba a esos matrimonios que se dirigen los días festivos hacia las afueras de la ciudad seguidos de tres o cuatro chiquillos, y con una ancha cesta y una bota de vino colgada de un bastón.

    No fue gruñona ni celosa. Las frecuentes ausencias del escritor, cansado a los tres meses de matrimonio de las escasas caricias de sus manos rojizas, de uñas rapadas, no le mortificaban; siempre había observado que en todo matrimonio el hombre tiene la llave de la puerta, y la mujer, la de los armarios.


    Como antes los del padre de bigotes enormes, seguía ahora los pasos del marido, a lo largo de los estrechos pasillos, y recogía los residuos de sus cigarros y las pelotillas de papel emborronado que solía dejar por todas partes.


    Su escasa apetencia espiritual sentíase saciada con cualquier frase afable del esposo, a cuyos silencios frecuentes de hombre superior se habituó pronto, por sumisión innata más que por amor.


    Era feliz."

Resultado de imagen de rojo y gris luisa carnes
Luisa con su hijo, Ramón Puyol, en 1935

jueves, 6 de junio de 2019

DE COMO NIC SE HIZO DROGADICTO. BEAUTIFUL BOY, de David Sheff

DE COMO NIC SE HIZO DROGADICTO. BEAUTIFUL BOY, de David Sheff

    Hablamos con Nic acerca de las conferencias de la mañana y de la semana pasada yo le pregunto si está de acuerdo en que la adicción es una enfermedad y que él aparece el encoge los hombros.
    
    -A veces si y a veces no

    -Si se encendió un interruptor, ¿cuando sucedió?- le pregunto-.  ¿En Berkeley?.

    -No por Dios- responde- Antes, mucho antes

    -¿Cuánto tiempo antes? ¿cuando te emborrachaste en Lake Tahoe? ¿cuando probaste los porros?

    Después de un minuto dice:

    -Tal vez en París

    Yo asiento al recordar la úlcera y le pregunto:

    -¿Que sucedió en París?

    Él admite que sus clases de idiomas en la universidad no competían con los demás atractivos de la ciudad entre los cuales se incluyen abundante alcohol disponible y meseros franceses que me ofrecen reparo alguno a servir vino a un chico de 16 años de edad como resultado Nic invirtió gran parte de su tiempo en emular a sus héroes borrachos pero olvidó la parte de la escritura y la pintura.

    -Una noche -recuerda- estaba tan borracho que me deslice el interior de un bote atado a la orilla del Sena y me quedé dormido dormido allí y desperté al día siguiente.

    -Alguien pudo asesinarte

    -Sus ojos me dan la razón

    -Lo se -dice, sombrío- cuando volé de regreso a casa guarde algunas botellas de vino en mi maleta pero duraron pocos días. Estaba jodido. En París yo salía a bares y clubes cada noche y vivía un montón, pero cuando regrese a casa tenía 16 años de edad, era estudiante de bachillerato y vivía con vosotros.

    Nick baja la mirada.

    -Fue demasiado bizarro. No podía conseguir alcohol, así que comencé a fumar porros a diario. No era lo mismo pero era más fácil de conseguir.

    -¿Y las drogas duras?- pregunto sin estar seguro de querer escuchar la respuesta-. ¿Cuándo comenzaste?

    -¿Recuerdas cuando (nombres de los chicos y de su novia) y yo nos salimos de la barbacoa la noche en que me gradué de bachillerato?- Está sentado con los codos apoyados en la mesa-. Había éxtasis en la fiesta a la cual asistimos. Yo probé un poco. Volaba. Me sentí muy cercano a todos en esa despedida tan larga y significativa. Después de eso probé cualquier cosa que encontré: éxtasis, LSD, hongos y después ... -Nic levanta la mirada-. Después cristal. Cuando la probé me sentí... me sentí mejor que nunca en mi vida.

miércoles, 5 de junio de 2019

CARTAS A UN BUSCADOR DE SI MISMO I, de H. D. Thoreau

CARTAS A UN BUSCADOR DE SI MISMO I, de H. D. Thoreau

    "...No temo exagerar el valor y el significado de la vida, sino más bien no estar a la altura de la ocasión que la vida representa. Sentiría tener que recordar que yo estuve allí, pero que no advertí nada reseñable..."

martes, 4 de junio de 2019

INVOCANDO RECUERDOS. BEAUTIFUL BOY, de David Sheff

INVOCANDO RECUERDOS. BEAUTIFUL BOY, de David Sheff

    "He aquí un consejo para los padres de adictos :elijan su música con atención. Eviten 'What a wonderful world' de Louis Armstrong, del anuncio de Kodak, de Polaroid o del que sea. Y las canciones 'Turn around' y  'Sunrise sunset' y... hay miles más. Evidente 'Time after time' de Cyndi Lauper y esta, la canción de Eric Clapton sobre su hijo. El 'Aleluya' de Leonard Cohen me tomó por sorpresa en una ocasión. La música no tiene que ser sentimental. Springsteen puede ser peligroso. John y Yoko, Bjork, Dylan. Me vuelvo loco cuando escucho a Nirvana. Quiero gritar como Kurt Cobain. Quiero gritarle a él. Y no es solo la música. Hay millones de momentos traicioneros. Si conduzco por la autopista 1, veré una ola que revienta. O llego a la bifurcación de caminos, cerca de Rancho Nicasio, donde cambiábamos de rumbo para dejar a los chicos en mis turnos de llevarlos a la escuela. Una estrella brillante en una noche tranquila en la cima de la colina Olema. Con amigos, escucho una buena broma que a Nic le hubiera gustado. Los niños hacen algo divertido o atrevido. Una historia, un suéter viejo, una película. Sentir el viento y mirar hacia arriba al montar en bicicleta. Un millón de momentos."

lunes, 3 de junio de 2019

FUE ARTHUR KOESTLER UN ESPIA SOVIÉTICO?. EL CASO ORLOV, de Boris Volodarsky

FUE ARTHUR KOESTLER UN ESPIA SOVIÉTICO?. EL CASO ORLOV, de Boris Volodarsky

    "Wilhelm Münzenberg, conocido para todo el mundo como Willi y a menudo definido como «el zar de la propaganda bolchevique» en varias publicaciones por su papel de organizador de la propaganda de la República española durante la guerra. En 1921 Münzenberg, comunista alemán de treinta y dos años, descrito con afecto por su «compañera de vida» Babette Gross como «el santo patrón de los viajeros», creó la Ayuda Internacional de los Tabajadores, con sede central en Berlín. Oficialmente la AIT era una organización proletaria internacional cuyo objetivo era ayudar a la población de la Rusia soviética que en 1921 padecía hambrunas por la mala cosecha. La presidenta era Clara Zetkin, y el secretario general Willi Münzenberg. Extraoficialmente fue la matriz de una serie de lo que Münzenberg llamaba en privado «clubes de inocentes» creados para «organizar a los intelectuales» bajo la dirección encubierta de la Komintern. A pesar de que su principal preocupación era la propaganda, Münzenberg también utilizaba los «clubes de inocentes» como tapadera para las redes de inteligencia de la Komintern. Arthur Koestler, escritor comunista húngaro que se desplazó a la Unión Soviética en 1932-1933, fue enviado a trabajar para Münzenberg tras un viaje secreto de este último a Moscú en 1933, donde mantuvo multitud de reuniones con el OMS, el servicio secreto de la Komintern.

    Pasados quince días del inicio de la guerra española, Koestler estuvo en París reunido con Münzenberg y su teniente Otto Katz, que se convirtió en el organizador extraoficial de la operación de propaganda de la República española en Europa occidental con el apoyo económico del Gobierno español y la Komintern. Era el cerebro pensante de la agencia de noticias de la República en París, la Agence Espagne, que finalmente fue creada a principios de 1937. Koestler había trabajado de forma esporádica para Münzenberg entre 1934 y 1936. Cuando se produjo el golpe militar en España, se acercó a Willi para pedir ayuda para entrar en el país, donde planeaba unirse a las Brigadas Internacionales. Cuando Münzenberg se percató de que Koestler tenía pasaporte húngaro y pase de prensa del periódico conservador de Budapest Pester Lloyd, lo consideró una buena oportunidad de entrar en zona rebelde y recabar información sobre la intervención alemana e italiana a favor de Franco. La documentación del incumplimiento por parte de nazis y fascistas de la política de no intervención de los gobiernos británico y francés sería un importante golpe de propaganda. Münzenberg, Otto Katz y Koestler supusieron que nadie en el cuartel general de Franco se molestaría en comprobarlo, pero aun así se dieron cuenta de que era poco verosímil que un pequeño periódico húngaro pudiera permitirse un corresponsal en España, de modo que Katz consiguió que lo acreditara el diario liberal londinense News Cronicle.

    Como corresponsal del Pester Lloyd y el News Chronicle, Koestler embarcó en Southampton en el SS Almanzora, rumbo a Lisboa, en su primera misión secreta en el territorio de los nacionales. Era el 22 de agosto de 1936. Escribió mucho después que aquello desembocó en la desconcertante pregunta de si era un espía o no. Por una parte, era un agente a sueldo que viajaba con falsas pretensiones; por otra, no trabajaba para ninguna organización militar, simplemente para un departamento de propaganda, aunque se tratara del de la Komintern.

    Tras una breve parada en Lisboa, donde consiguió una carta de presentación del jefe del partido católico CEDA, José María Gil-Robles, que tras las elecciones de 1936, fatales para la CEDA, vivía en Portugal y un salvoconducto firmado por el hermano de Franco, Nicolás, que describía a Koestler como «un amigo de fiar de la revolución nacional», finalmente llegó a Sevilla.

    El viaje de Koestler estaba resultando ser un éxito en cuanto a su capacidad de recabar información secreta que perjudicara a los rebeldes. En Lisboa había encontrado numerosas pruebas del respaldo del régimen de Salazar a Franco. (Elli Bronina, alias Martha Sunshine, una agente del servicio de inteligencia soviético que estuvo en Lisboa por la misma época, también observó que muchos oficiales portugueses apoyaban abiertamente a los rebeldes españoles.) En Sevilla, Koestler vio a numerosos aviadores alemanes que lucían en los monos de las fuerzas aéreas españolas una pequeña esvástica en medio de las alas de piloto. Y lo más importante: consiguió una entrevista exclusiva con el sanguinario virrey de Andalucía, el general Gonzalo Queipo de Llano, que, en palabras de Paul Preston, «repetía encantado el mismo tipo de sexismo virulento que supuraban sus programas de radio diarios».

    No obstante, en su segundo día en Sevilla un periodista alemán que sabía que Koestler era comunista lo reconoció en el salón de un hotel y lo denunció a los oficiales alemanes. En un intento de salir airoso de las acusaciones de espionaje, Koestler exigió que llamaran por teléfono a Luis Bolín, jefe del gabinete de prensa de Franco que en ese mismo momento milagrosamente entró en el vestíbulo del hotel. Aquella vez Koestler pudo irse en paz, conmocionado pero a salvo, como él mismo recordaba: «Crucé la frontera a Gibraltar una hora antes de que se emitiera la orden de arresto en Sevilla, según supe después por mis colegas. También me dijeron que el capitán Bolín se había puesto furioso y había jurado “matar a K. como un perro si llegaba a ponerle la mano encima”».

    Antes de que Bolín realmente le pusiera las manos encima cinco meses después, Koestler estuvo en Londres, París y Madrid trabajando en propaganda prorrepublicana con Münzenberg y Katz. En París, Münzenberg convenció a Koestler de que escribiera un libro sobre los orígenes de la guerra civil, el papel de Hitler y Mussolini y las atrocidades cometidas por los rebeldes. El libro fue publicado en enero de 1937 bajo el título L’Espagne ensanglantée en francés y Menschenopfer Unerhört en alemán. Finalmente aparecería una versión abreviada en inglés como la primera parte de Spanish Testament.

    Una vez terminado el libro, Otto Katz y la agencia de noticias republicana, Agence Espagne, encargaron a Koestler que cubriera la guerra en el frente del sur. El 15 de enero de 1937, armado con las credenciales del News Chronicle, Koestler se fue a Valencia, donde pasó un tiempo con Mijaíl Koltsov. Al cabo de nueve días Koestler se fue de Valencia a Málaga. Cuando las fuerzas rebeldes ocuparon la ciudad sitiada, seguía albergando la esperanza de conseguir una primicia al poder presenciar e informar sobre la masacre prevista.

    El 9 de febrero fue detenido por casualidad por las tropas rebeldes acompañadas de Bolín, que en realidad iba a por otra persona, el inglés sir Peter Chalmers-Mitchell, y reconoció a Koestler. Encarcelado entre el 13 de febrero y el 14 de mayo, las noches de Koestler estuvieron amenizadas por el ruido de los prisioneros que llevaban fuera y eran ejecutados. Pese a no estar al corriente, pues nadie le había informado oficialmente, había sido condenado a muerte por espionaje.

    Según el fichero del MI5, el Ministerio de Exteriores británico gestionó su puesta en libertad y regresó a Francia, donde fue detenido por las autoridades de Vichy en 1940. Más adelante ese mismo año huyó a Portugal y luego se fue a vivir a Inglaterra. Tras un período de internamiento en la cárcel de Pentonville, sirvió en los Pioneer Corps (1941-1942) y trabajó para el Ministerio de Información y la BBC.

    La controvertida vida de Koestler y sus voluminosos textos siguen atrayendo la atención de investigadores y académicos, y buen ejemplo de ello es la obra más reciente del profesor Michael Scammel. Koestler, hijo de industrial, nació en Budapest, Hungría, en 1905. Tras formarse en la Universidad de Viena (1922-1926), donde estudió con los futuros ilegales soviéticos Lisa Gorskaya (Zarubina) y Arnold Deutsch, se fue a vivir a Palestina, donde Yakov Serebriansky se encontraba en su primer destino como jefe de la estación de la OGPU. En 1929 Koestler regresó a Europa y trabajó de editor de la sección de internacional del Berliner Zeitung am Mittag en Alemania. Coincidió que la estación de la OGPU en Berlín pasó a ser el principal centro en el extranjero del servicio de inteligencia soviético, y la red de espionaje del OMS aumentó allí hasta 25 agentes bajo el mando de Abramov-Mirov. En 1932 Koestler se unió al Partido Comunista y más tarde pasó un tiempo en la Unión Soviética antes de instalarse en París en 1933. Como apuntaba Stephen Koch, cuyo libro lamentablemente contiene multitud de errores pero en esta ocasión estaba en lo cierto, «entretanto París se convirtió en la Meca de los exiliados huidos del nuevo Reich. Llenaban Montparnasse, abarrotaban las cafeterías. Entre ellos se mezclaban espías. Agentes de la Komintern harapientos y aterrorizados que sobrellevaban la pesadilla en vagones de ferrocarril de tercera clase, atravesaban dando tumbos el umbral de Münzenberg desde el frío fascista. No hay nada más fácil de comprender que la irresistible atracción que sintió la comunidad alemana en el exilio, atemorizada y furiosa con razón, y al parecer sin recursos, hacia el círculo parisino de Münzenberg. Apenas había un refugiado alemán en Europa cuya vida no se viera afectada por el trabajo de Münzenberg, y gran parte de la posterior historia política tanto de Europa como de Estados Unidos estaba basada en el flujo de lealtades que confluyeron allí. Manes Sperber y Arthur Koestler han escrito con una intensidad maravillosa sobre aquella época en la que trabajaron para Willi en el ojo del huracán. La mitad de la intelectualidad de un gran país se había visto de nuevo empujada a una grotesca diáspora. Las consecuencias perduraron durante décadas». Koestler relató sus experiencias en la cárcel en los libros Spanish Testament (1938), La espuma de la tierra (1941) y Diálogo con la muerte (1942). En Francia editó el semanario Die Zukunft, fundado por Münzenberg, pero fue encarcelado por ser un extranjero sospechoso. Huyó a Inglaterra y fue detenido de nuevo allí. Koestler se convirtió en ciudadano británico en 1945.

    Al llegar al Reino Unido en noviembre de 1940, Koestler fue interrogado por el servicio de seguridad. En Londres trabajó para el Ministerio de Información y la BBC, donde conoció a H. Peter Smollett (Smolka), un espía soviético cuyo nombre en clave era ABO que en 1941 había logrado la destacable hazaña de llegar a ser jefe del departamento ruso del Ministerio, y George Weidenfeld, que trabajaba en la BBC. «Jamás tuve una relación especialmente amistosa con Arthur Koestler —recordaba Weidenfeld—. Al principio se acercó a mí un poco, cuando atravesaba su fase sionista y yo justo empezaba a implicarme con Israel. Recuerdo que me dijo que debería dejar Contact y dedicarme por completo a “nuestra causa”, según sus palabras. Koestler me envió a Victor Gollancz, el decano de los editores de izquierdas, que me miró con cierto recelo.» Sus posteriores actividades en la época de la retirada británica de Palestina provocaron que la concesión de la nacionalidad se retrasara medio año.

    En verano de 1950 los «hombres de letras» de Europa se reunieron en el teatro Titania Palace en la zona americana de Berlín para inaugurar el Congreso por la Libertad Cultural (CCF, por sus siglas en inglés). Koestler también participó. Se enfrentó a dos oficiales del SIS en tiempos de guerra, sir Alfred J. Ayer, profesor de filosofía en el University College, Londres, y Hugh Trevor-Roper, quien, según Stephen Dorril, desempeñaría un papel consciente de «travieso» en el congreso. Lo que irritaba a Ayer y Trevor-Roper era «el ambiente de histeria en el que se celebró el congreso, organizado por excomunistas vengativos». Ambos se opusieron al papel de Koestler, atacando su «dogmatismo».

    En otoño de 1952 Koestler siguió los detalles del juicio de Slansky en Praga con mucha atención. Cuando se publicaron las transcripciones de la confesión de Otto Katz, concluyó que el discurso de su antiguo amigo en el que se autoinculpaba en el tribunal era una señal para él, y que el lenguaje que utilizaba era una clara imitación de la confesión del personaje de Koestler de El cero y el infinito.

    En la biografía más reciente, Michael Scammel ofrece un relato completo y sin sentimentalismos de la turbulenta vida privada de Koestler: el consumo de drogas, su tendencia maníaco-depresiva, los frenéticos líos de faldas que acabaron con sus tres matrimonios y desembocaron en una acusación de violación y el sorprendente pacto de suicidio con su esposa en 1983. En palabras de su editor, Scammell crea un retrato indeleble de este escritor brillante, impredecible y de gran talento que fue descrito de forma memorable en cierta ocasión como alguien que tenía «un tercio de canalla, un tercio de lunático y un tercio de genio».

    ¿Arthur Koestler tenía también un tercio de espía? Muchos periodistas y escritores que no eran comunistas buscaban pruebas de la ayuda alemana e italiana a Franco. Pero en 1931-1932, Koestler fue uno de los reclutados por Fritz Burde (alias Dr. Schwarz, cuyo nombre en clave era «Edgar») para la organización clandestina alemana N-Apparat (donde la «N» corresponde a Nachrichten, es decir, información condifencial). Luego durante mucho tiempo estuvo afiliado a varias organizaciones de la Komintern en Europa y fue enviado a territorio insurgente en España, según su propia versión, a recabar información secreta. Cuando en agosto de 1939 las prolongadas relaciones comerciales entre Rusia y Alemania culminaron con el pacto entre Stalin y Hitler, Arthur Koestler se desilusionó con el Partido Comunista y publicó su libro El cero y el infinito (1941) en el que presentaba los grandes juicios soviéticos, pero se basaba en su propia experiencia en una cárcel franquista mientras esperaba a ser fusilado o puesto en libertad."