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domingo, 20 de septiembre de 2020

EL SACO DE TESALONICA, de Juan Cameniata

EL SACO DE TESALONICA, de Juan Cameniata



 Quienes de los presos había que tenían noticia exacta de lo que antes habían ocultado, revelaban enseguida su identidad para entregarlos con urgencia a cambio de su vida. Quienes reconocieron que no tenían nada, pero habían arreglado el acuerdo solo sobre vanas esperanzas, recibieron la muerte decretada inequívocamente para los de su condición. Así pues, en ese momento algunos bárbaros ya son asignados para ese cometido: llevar a sus casas a los que querían entregar lo suyo y, si había algo con lo que saciar el ojo ávido, estos merecían salvarse y contarse de nuevo entre los cautivos; si, por el contrario, eran cosas baratas o modestas o el enviado no estaba satisfecho con lo que estimasen, se los pasaba a espada. De ahí que el peligro para los sojuzgados no fuese pequeño, porque muchos fueron excluidos del grupo de los que tenían algún material precioso"

miércoles, 16 de septiembre de 2020

EL NAZI QUE ARRESTO A ANNA FRANK. GOETHE EN DACHAU, de Nico Rost

EL NAZI QUE ARRESTO A ANNA FRANK. GOETHE EN DACHAU, de Nico Rost



"...di la dirección de Silberbauer a un periodista holandés, con el convencimiento de que los holandeses tenían derecho siquiera a una sola entrevista. Cuando el holandés fue a ver a Silberbauer, halló al inspector de policía (segunda graduación inferior en la policía austríaca) de muy mal talante. Decía que le habían forzado contra su voluntad. 

—¿Por qué meterse conmigo ahora después de tantos años? Yo no hice más que cumplir con mi deber. Ahora acababa de comprarme unos muebles a plazos y van y me dejan sin empleo ¿Cómo voy yo a pagar los muebles? 

—¿No siente remordimientos de lo que hizo? —le preguntó el reportero. 

—Claro que lo siento y a veces me siento humillado. Ahora, cada vez que tomo un tranvía tengo que pagar billete como todo el mundo, porque ya no tengo pase. 

—¿Y en cuanto a Ana Frank? ¿Ha leído su Diario? 

Silberbauer se encogió de hombros: 

—Compré el librito la semana pasada para ver si salgo yo. Pero yo no salgo. 

El periodista añadió: 

—Millones de personas han leído ese libro antes que usted, y usted hubiera podido ser el primero en leerlo. 

Silberbauer le miró sorprendido. 

—Y que lo diga. Es verdad. Nunca se me había ocurrido. Quizá debí recogerlo del suelo. Si lo hubiera hecho, nadie hubiera oído hablar de él ni de Ana Frank."

martes, 15 de septiembre de 2020

VIAJAR. EN LAS TRINCHERAS, de Gaziel

VIAJAR. EN LAS TRINCHERAS, de Gaziel

GAZIEL · El Corte Inglés    Las modernas vías férreas han quitado a los hombres la más grata y esencial de las emociones que se experimentan durante un viaje. Viajar no es propiamente recorrer con la mayor velocidad posible la distancia que media entre dos puntos de la superficie terrestre. En este caso, lo que se hace no es viajar, sino simplemente trasladarse. Los viajes modernos se caracterizan casi siempre por la rapidez, que es un elemento económico, a costa de la contemplación, que es un impulso emotivo. Un hombre moderno se acuesta en Berlín y se despierta en Roma, sin que tenga la más mínima idea de los vastos y ricos aspectos que la variedad de la naturaleza ha esparcido en el tránsito de aquellas grandes ciudades. Y así los hombres de hoy —enjaulados en la cárcel monótona de los trenes veloces, rodeados de gentes desconocidas, mustias y soñolientas, viendo desfilar vertiginosamente los panoramas serenos, a través del pentagrama de los hilos telegráficos que bordean la ruta— han perdido en gran parte la prístina noción que del viajar tenían nuestros abuelos cuando, arrellanados en el fondo de una silla de postas, iban tan sólo de Chartres hasta París, en íntimo y apacible contacto con la naturaleza.

lunes, 7 de septiembre de 2020

NECESITO VIAJAR. AMERICA, de Vladimir Maiakovski

NECESITO VIAJAR. AMERICA, de Vladimir Maiakovski
    Necesito viajar. Para mí, el contacto con todo lo que respira vida sustituye casi a la lectura de libros. El viaje emociona al lector de hoy. En lugar de historias ficticias, supuestamente curiosas, sobre temas, imágenes y metáforas aburridas, surgen experiencias interesantes por sí solas.


miércoles, 2 de septiembre de 2020

EL PRIVILEGIO DE LA NATURALEZA SALVAJE. MIS AÑOS GRIZZLY, de Doug Peacock

Doug Peacock - Posts | Facebook

EL PRIVILEGIO DE LA NATURALEZA SALVAJE. MIS AÑOS GRIZZLY, de Doug Peacock

    Caminamos por la orilla pedregosa del lago hasta el pequeño claro y montamos la tienda. Habíamos avanzado menos de doce millas ese día, pero daba la impresión de que eran más. Nos acurrucamos en los sacos de dormir: compartir un lugar como aquél sabía a gloria. Acabábamos de atravesar el corazón de las tierras altas de Montana, para llegar a ese puerto de montaña salvaje y alejado de cualquier camino. El viento de la tarde se levantó y cerramos la cremallera lateral de la tienda contra el que soplaba; nos quedamos observando, a través de la solapa opuesta, la superficie fría del lago alpino. Vivir era un privilegio, ese día un regalo, y la naturaleza bella y severa, el águila dejando caer la ardilla.

martes, 1 de septiembre de 2020

COMO SE RECLUTABAN NUEVAS VIGILANTES PARA LOS CAMPOS DE EXTERMINIO. PRISIONERA DE STALIN Y HITLER, de Marguerete Buber-Neumann

COMO SE RECLUTABAN NUEVAS VIGILANTES PARA LOS CAMPOS DE EXTERMINIO. PRISIONERA DE STALIN Y HITLER, de Marguerete Buber-Neumann

    Para controlar a las diez mil detenidas, las SS precisaban cada vez de más vigilantes. A este fin Bräuning emprendió algunos viajes con el fin de reclutarlas. Por ejemplo, se trasladó a la fábrica de aviones Heinkel e hizo llamar a su presencia a las trabajadoras; con elocuentes palabras manifestó que se buscaba personal adecuado para un campo de reeducación, donde tendrían que desempeñar únicamente trabajos de vigilancia. Describió con vivos colores las encantadoras viviendas, la alimentación excelente y sobre todo el elevado sueldo que allí les esperaba.
    Como era lógico, no utilizó en ningún momento la expresión «campo de concentración». Su artimaña no podía fallar, pues para cualquier operaría de la industria bélica era preferible, en lugar de un trabajo corporal duro y en condiciones desfavorables, el aceptar un cargo tan ventajoso como aquél. Después de cada uno de los viajes del director de la prisión preventiva, se presentaban a solicitar las plazas veinte o más obreras. Antes de recibir sus uniformes, de color gris, se presentaron a la vigilante jefe. En su mayor parte acudían pobremente vestidas, atemorizadas e intimidadas por la disciplina; muchas no se habían dado cuenta aún de la categoría de su misión. La Langefeld les dijo dónde tendrían que vivir, dónde podrían proveerse de sus uniformes y cuándo empezaban el servicio. Por la ventana se las veía caminar desorientadas, en grupos, asustadas ante el estado de las prisioneras. En algunas de ellas se operó una transformación definitiva después de uniformadas. La arrogancia que prestaban las botas altas hacía que las cosas fueran sustancialmente distintas.

    Cada «nueva» fue adscrita a una vigilante experimentada, a la que tenía que acompañar por la mañana, cuando salían las columnas de trabajo. En los primeros días de su existencia como vigilantes, la mitad de ellas se presentaban llorando al cuarto de la vigilante jefe y pedían ser liberadas de sus obligaciones. Allí se les hacía ver claramente que solamente el director de la prisión preventiva o el comandante podían desligarlas, pero pocas se atrevieron a dar este paso. El temor de presentarse a un oficial y quizá ser tratadas groseramente las detenía; otras temían ponerse en ridículo al tener que volver a la fábrica; al mismo tiempo, esta ocupación, si bien desagradable, era menos fatigosa y estaba muy bien remunerada.
    El comandante y el director de la prisión preventiva ponían al corriente de sus deberes a las nuevas vigilantes. Les describían a las detenidas como mujeres inferiores ante las que había que conducirse con todo rigor. También se insistió convenientemente sobre la importancia de su nueva misión, y no faltaron las advertencias para que respetaran las órdenes de servicio, amenazándolas principalmente con castigos si osaban mantener cualquier contacto personal con la escoria que constituían las detenidas en el campo de concentración. Cada dos días tenían lugar nuevas llamadas a las vigilantes y se les predicaba severidad y rigor. Desde entonces, su sociedad diaria eran las vigilantes mandonas, gruñonas y apaleadoras y no rara vez también las «detenidas instructoras» y prisioneras sucias, mal encaradas y serviles. En su tiempo libre, las nuevas vigilantes solían reunirse con miembros de las SS. Pronto se dieron cuenta de que las más feroces eran las que tenían más éxito con aquellos hombres, y se ufanaban ante ellos de sus proezas. Excepto la que conservaba un resto de principios morales, cualidad que al llegar a conocimiento de la dirección del campo dio lugar a su expulsión antes de los tres meses de haber llegado, las demás ofrecieron el triste espectáculo de igualarse en saña y crueldad a las vigilantes antiguas: a los quince días ya denunciaban y golpeaban a las detenidas por las menores faltas.
Dorothea Binz y su 'placer malévolo' en el campo de Ravensbrück
   También se dio el caso de mujeres que, desde cualquier puesto de trabajo, eran enviadas a Ravensbrück en calidad de vigilantes. Esto ocurría por lo general cuando alguna había rehusado una o dos veces el cargo asignado; a la siguiente negativa se enfrentarían con una acusación judicial, por lo que tenían que claudicar. También se evitaba hablar de «campo de concentración».