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lunes, 4 de enero de 2021

SOBRE "UNA MUJER EN BERLÍN". BERLÍN 1961, de Frederick Kempe

SOBRE "UNA MUJER EN BERLÍN". BERLÍN 1961, de Frederick Kempe



"...había narrado meticulosamente la conquista soviética de Berlín durante la fría primavera de 1945, una época en que su vida (como la de miles de otras mujeres y niñas berlinesas) se había convertido en una pesadilla de miedo, hambre y violaciones.

Publicado por primera vez en Alemania en 1959, el libro daba cuenta de una de las mayores atrocidades militares de la historia. Según estimaciones realizadas a partir de los registros hospitalarios, entre 90 000 y 130 000 mujeres berlinesas fueron violadas durante los últimos días de la guerra y los primeros compases de la ocupación soviética. Decenas de millares de mujeres más habían corrido la misma suerte en otras partes de la zona soviética.

Hillers esperaba que el libro despertara el interés de un pueblo que deseaba que el mundo supiera que también ellos habían sido víctimas de la guerra. Sin embargo, los berlineses habían reaccionado bien con hostilidad, bien con silencio. El mundo aún no estaba preparado para empatizar con los males sufridos por el pueblo alemán, que tantos sufrimientos había provocado al mundo. Las berlinesas que habían tenido que soportar aquella humillación tampoco tenían ganas de recordarla. Y para los hombres berlineses resultaba demasiado doloroso tener que admitir su propio fracaso a la hora de proteger a sus mujeres e hijas. Los inicios de 1961 eran una época de complacencia y de amnesia en la Alemania del Este y en el Berlín Este, dominados por los soviéticos, y no parecía que hubiera mucho interés por una historia que ya nadie podía cambiar y que pocos tenían estómago para digerir.

Pero tal vez Hillers no debería haberse sorprendido por la reacción de los alemanes, sobre todo teniendo en cuenta que su propia vergüenza la había llevado a firmar sus memorias Eine Frau in Berlin (Una mujer en Berlín) simplemente como «Anónima». Tan sólo había publicado el libro después de casarse y de trasladarse a la segura Suiza. El libro no había circulado ni había recibido ninguna crítica en la Alemania del Este, y tan sólo un puñado de ejemplares habían entrado en la zona comunista de contrabando, ocultos en maletas llenas de revistas de moda occidentales y otras lecturas más amenas. En el Berlín Oeste, las memorias de esa mujer anónima se vendieron poco y los críticos la acusaron o bien de propaganda anticomunista, o bien de mancillar el honor de las mujeres alemanas, algo de lo que, según sus propias palabras, los soldados soviéticos ya se habían encargado suficientemente.


Una de esas críticas, enterrada en la página 35 del periódico del Berlín Oeste Der Tagesspiegel se titulaba: «UN FLACO FAVOR A LAS MUJERES BERLINESAS / ÉXITO DE VENTAS EN EL EXTRANJERO: UN CASO ESPECIAL FALSEADO». Lo que más irritaba al crítico, que acusaba a la autora de «inmoralidad y poca vergüenza», era el estilo carente de concesiones del libro, que tan bien recoge el cinismo de los meses que siguieron al fin de la guerra. Críticas como la de Der Tagesspiegel llevaron a Hillers a no revelar su identidad y a prohibir posteriores ediciones del libro hasta después de su muerte, que se produjo en 2001, cuando tenía noventa años.

Hillers nunca supo que, tras su muerte, el libro se volvió a publicar y se convirtió en un éxito de ventas en varias lenguas, incluida la edición alemana de 2003. Tampoco tuvo la satisfacción de saber que su historia sería adaptada para la gran pantalla en una gran película alemana de 2008, que se convertiría en una de las preferidas de las feministas de todo el mundo.

En 1961 Hillers estaba más preocupada intentando eludir a los periodistas que pretendían dar con ella a partir de las pocas pistas que ofrecían las páginas de sus memorias. El libro revelaba que era una periodista de treinta años, que había vivido en el barrio de Tempelhof, que había pasado el tiempo suficiente en la Unión Soviética como para hablar algo de ruso y que era una «rubia de cara pálida, que vestía el mismo abrigo durante todo el invierno». Pero esa información no bastó para identificarla.

En todo caso, nada sintetiza tan bien la actitud alemana de la época hacia los ocupantes como el contenido del libro de Hillers y la aversión de los berlineses a leerlo. La relación entre la Alemania del Este y sus ocupantes militares soviéticos, que eran entre 400 000 y 500 000 en 1961, se basaba en una mezcla de lástima y temor, de complacencia y amnesia. La mayoría de alemanes del Este parecían haberse resignado a una cohabitación que se antojaba como permanente. Entre los que no lo habían hecho, muchos habían huido ya como refugiados.
(...)
Hillers se desesperaba ante la estupidez de los líderes nazis, que habían ordenado que las ciudades abandonadas dejaran intactas sus reservas de licor ante el avance de las tropas soviéticas, basándose en la teoría de que los soldados ebrios serían adversarios menos peligrosos. De no ser por la embriaguez de los soviéticos, escribió Hillers, las mujeres berlinesas no habrían sufrido ni la mitad de violaciones a manos de los rusos, que no eran «Casanovas natos» y, por lo tanto, tenían que «ahogar su inhibición en alcohol».

Con su característica energía, Hillers describe una de las muchas veces en que la violaron, y cómo eso la empujó a buscar protección:

El que me empuja es un hombre entrado en años con la barba ya casi cana. Huele a aguardiente y a caballo. […] Ni un sonido. Sólo cuando se desgarra la ropa interior con un crujido, mis dientes rechinan involuntariamente. Eran las últimas bragas intactas.

De pronto siento unos dedos en mi boca, olor pestilente a jaco y a tabaco. Abro los ojos de golpe. Hábilmente, esas manos me tienen inmovilizada la mandíbula abierta. Cara a cara. Entonces, el que está encima de mí deja caer lentamente en mi boca la saliva acumulada en su boca.

Me quedé petrificada. No era asco, sólo frío. La columna vertebral se congela, un vértigo glacial me da vueltas en el cogote. Me siento resbalar y caer, profundamente, a través de las almohadas y de las tablas del suelo. Sumergirse en el suelo…, así que es eso.

De nuevo cara a cara. Los labios extraños se abren, dientes amarillos, un diente incisivo medio roto. Las comisuras de la boca se alzan. De los contornos de los ojos irradian pequeñas arrugas. Sonríe.

Antes de marcharse revuelve entre sus bolsillos en busca de algo. Lo arroja sin decir palabra sobre la mesita de noche. Desplaza a un lado el sillón que atrancaba la puerta, y da un portazo al salir. Lo que deja tras de sí: una cajetilla arrugada con algunos cigarrillos dentro. Mi paga.

Cuando me levanté, mareos, náuseas. Los jirones cayeron a mis pies. Fui tambaleándome por el pasillo camino del baño, pasé al lado de la viuda que sollozaba. Vómitos. La cara verdosa en el espejo, los restos de comida en el lavabo. Me senté en el canto de la tina, no me atrevía a limpiar aquello porque me venían constantemente las arcadas y el agua en el cubo era escasa.

Fue entonces cuando Hillers tomó la decisión: se lavó un poco y salió a la calle en busca de un «lobo», un oficial soviético de alto rango que se convirtiera en su protector. Había concluido que era mejor que la violara un único ruso de forma regular a que lo hicieran una retahíla interminable de soldados. Como millones de alemanes más, Hillers buscaba una forma de encajar en aquella ocupación a la que no podía oponer resistencia.

Tendrían que pasar muchos años antes de que los historiadores intentaran reconstruir todo el terror de aquella época. Entre finales del verano y principios del otoño de 1945, un mínimo de 110 000 mujeres de entre doce y treinta y ocho años habían sido violadas. Un 40 por ciento de las víctimas fueron violadas en múltiples ocasiones. Una de cada cinco de esas víctimas de violación quedaron embarazadas, aproximadamente la mitad dieron a luz y la otra mitad abortaron, a menudo sin anestesia. Miles de mujeres se quitaron la vida para no tener que soportar el oprobio de haber sido violadas o por miedo a ser las siguientes víctimas. Un 5 por ciento de todos los nacimientos registrados en Berlín durante el año siguiente fueron Russenbabys; en toda Alemania, el total fue de entre 150 000 y 200 000."